El celular y la escuela

Después de la nota aparecida en el diario Tiempo Argentino y que “linkié” en el post anterior: “En lugar de decirles ‘saquen una hoja’…”, me llamó el amigo Víctor Ego Ducrot, de la agencia de noticias Agepeba, me pidió si podía hacer una ampliación. La empresa me permitió darle una vuelta de tuerca al tema, así que comparto, pues, el resultado de esa ampliación.

Teléfonos celulares, escuela y aprendizaje

La cultura popular ha demostrado ser más perseverante que quienes, en nombre de la corrección, intentan disuadirla aplicándole normativas que buscan limitar, encausar o directamente censurar su expresión. Pasó con las costumbres “paganas” tantas veces demonizadas, pasó con el uso infiel del lenguaje que no ha dejado de ser utilizado para juramentar, imprecar, blasfemar y desobedecer. Hasta la ilustre e inflexible Real Academia Española, encargada de velar por la «propiedad, elegancia y pureza» de la lengua castellana, se vio obligada a incorporar el uso desnaturalizado de algunas voces y vocablos que hacían a la identidad y al tozudo patrimonio cultural de algunas regiones ultramontanas.
Algo de eso, se podría decir, está ocurriendo con la cultura digital y la apropiación pública de algunos dispositivos de la comunicación. Me refiero, en particular, al uso del celular, que ha sido adoptado por el 90% de la población mundial. A fines de 2012, sin ir más lejos, la cantidad de aparatos habrá superado el número de habitantes que tiene el planeta. Estos números no equivalen a la cantidad de líneas activas (que es menor), pero es un dato de la realidad. Es decir, cada quien puede tener su propia opinión sobre las consecuencias de este proceso, pero hay una dimensión social y política de ese proceso que para las ciencias sociales es insoslayable. Los usos y aplicaciones que tienen en la actualidad, por ejemplo, están muy lejos de la misión con que fueron concebidos originalmente; y a pesar de los esfuerzos por controlarlo, el celular altera cada vez más –y todo parece indicar que de un modo irreversible– la vida privada, social e institucional.
La escuela, obviamente, no es la excepción. No sólo porque el celular –con una innegable funcionalidad epocal para las familias– es incorporado a edades cada vez más tempranas, sino porque –tal como lo indicara la Ley de Moore– sus prestaciones aumentan progresivamente mientras sus costos disminuyen. ¿Qué hacer frente a este escenario? ¿Dejamos que la escuela siga reproduciendo ambientes y escenarios del pasado, mientras entre los alumnos se genera una interacción cada vez más alejada de lo que –se supone– debería ser la renovada misión de las instituciones educativas en la actualidad? ¿Vamos a desaprovechar las oportunidades pedagógicas y colaborativas que el celular abre para la comunidad educativa? ¿No hay en el uso del celular una empatía y una didáctica inexploradas?
A esto hace referencia la nota de Diego Igal en el diario Tiempo Argentino del sábado 12 de mayo pasado (El celular deja de estar prohibido en las aulas y ya es un útil escolar más), tras la decisión de algunas instituciones educativas argentinas y extranjeras que –resignadas o valerosas– decidieron darle vía libre al uso del celular. Acompañando su artículo salió una columna mía en la que narraba la experiencia reveladora que significó para mí la utilización del celular como recurso pedagógico en la enseñanza de la filosofía. La anécdota se remonta a fines de 2006, cuando me fui percatando de algunos cambios que ocurrían en los más jóvenes. Noté que en la misma medida que abandonaban el reloj pulsera comenzaban a incorporar el celular. Esos dos cambios de hábitos implicaban, simultáneamente, el abandono de una temporalidad y la adopción de una nueva espacialidad. La temporalidad que histórica y tradicionalmente había mantenido compartimentadas las vivencias del pasado, el presente y el futuro, progresivamente comenzaba a fundirse en la experiencia de una nueva temporalidad, donde el presente se volvía abarcador y omnipresente. Del mismo modo, la espacialidad que había compartimentado lo íntimo y lo social se rompía en una extimidad abierta, solidaria, desprejuiciada y planetaria. Es decir, el aula que para nosotros los docentes era un lugar cerrado y a resguardo del mundo, para los jóvenes –con los sms– se había convertido en una gran plaza pública en la que se mantenían en estado asambleario y consultivo permanente con sus “contactos”. Me pareció entonces que como docentes debíamos salir de nuestra propia cuarentena y abrir las ventanas de los claustros (cuya significado proviene de la voz latina claustrum, “cerradura”, “cierre”) para abrirnos a un mundo que, desde el higienismo del siglo XIX y sin solución de continuidad, era visto como contaminante.
A partir de ese momento comencé a experimentar la incorporación de los canales intersticiales que abrían los celulares como recursos pedagógicos para la enseñanza de la filosofía. Sobre todo para la producción filosófica. Por ejemplo, en los talleres de filosofía para adolescentes, después de hablarle a mis alumnos de la duda cartesiana, en lugar de decirles “saquen una hoja”, les decía “saquen sus celulares y manden a la persona que ustedes quieran un sms que diga pienso, luego existo?”. Sobre las variadas respuestas que llegaban de vuelta al aula, y en un clima de algarabía y entusiasmo, comenzábamos a trabajar la idea de sujeto moderno y la metamorfosis que ellos mismos –y yo, en consecuencia– estábamos experimentando.
Ese aprendizaje fue el acceso iniciático a la cultura colaborativa y fue, a su vez, el comienzo de Mundo extenso, un libro que saldrá en agosto próximo y en el que trabajo la sorprendente –y todavía poco explorada– dimensión social y política de las nuevas tecnologías.

F.P.

El link a la nota: http://agepeba.org/site/telefonos-celulares-escuelas-y-aprendizaje/

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El celular como recurso pedagógico

Hace unos días me escribió Diego Igal del Diario Tiempo Argentino. En el mail me decía que Viviana Minzi, una colega con la que fundamos el Foro para el debate social de las nuevas tecnologías y participamos en el libro La educación alterada (2010), le había contado que había hecho algunas experiencias con celulares en mis clases de filosofía y me preguntaba si le podía contar en qué consistían esas experiencias. El interés periodístico se debía a que el celular progresivamente deja de estar prohibido en las aulas y comienza a ser incorporado como un útil más. Finalmente, después de algún intercambio de mails y de un par de llamadas telefónicas, acordamos que escribiera una columna de opinión. Hoy salió mi columna junto a la nota de Diego y otras dos en las páginas 28 y 29 del diario. La nota de Diego se titula El celular deja de estar prohibido en las aulas y ya es un útil escolar más. Mi columna fue titulada: En lugar de decirles ‘saquen una hoja’, les dije: ‘saquen los celulares y manden un SMS, pero no salió completa, en la edición perdió algunas líneas que eran importantes para la comprensión de la idea general, y en la versión digital está más recortada todavía. Así que a continuación, comparto con ustedes la versión completa de esta experiencia que de algún modo da comienzo a Mundo extenso, el libro de mi autoría que saldrá en agosto próximo editado por Fondo de Cultura Económica, y donde trabajo la dimensión social y política de las nuevas tecnologías.

Los celulares y la escuela

Alrededor de 2006, noté que en la misma medida que los jóvenes abandonaban el reloj pulsera comenzaban a usar celulares. Esos dos cambios de hábitos implicaban, simultáneamente, el abandono de una temporalidad y la adopción de una nueva espacialidad. Por un lado, una  temporalidad en la que el pasado, el presente y el futuro se fundían en un presente absoluto; y por otro, una espacialidad en la que los límites de lo íntimo y lo local se abrían a una extimidad abierta y planetaria. Es decir, el aula que para nosotros los docentes era un lugar cerrado y a resguardo del mundo, para los jóvenes –con los sms– se había convertido en una gran plaza pública en la que se mantenían en estado asambleario permanente con sus “contactos”.
Mientras la escuela seguía reproduciendo ambientes y escenarios del pasado, la comunidad estudiantil protagonizaba una interacción que nos era completamente ajena. Me pareció entonces que como docentes debíamos salir de nuestra propia cuarentena y abrir las ventanas de los claustros (cuya etimología significa “encierro”) a un mundo que, desde el higienismo del siglo XIX y sin solución de continuidad, se había considerado contaminante.
A partir de ese momento comencé a incorporar los canales intersticiales que abrían los celulares como recursos pedagógicos para la enseñanza de la filosofía. Sobre todo para la producción filosófica. Por ejemplo, después de hablarle a mis alumnos de la duda cartesiana, en lugar de decirles “saquen una hoja”, les decía “saquen sus celulares y manden a la persona que ustedes quieran un sms que diga ‘pienso, luego existo?’”. Sobre las variadas respuestas que llegaban de vuelta al aula, y en un clima de gran entusiasmo, comenzábamos a trabajar la idea de sujeto moderno y su metamorfosis actual.

F.P.

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Esta figura pertenece al blog Rizomática, el “Blog personal de opinión y reflexión sobre la Red-Mundo” de José López Ponce. El bloggero, utiliza la figura de “la nube” para representar el carácter rizomático de la organización que promueve el movimiento español 15-M. El “equívoco”  obviamente no es casual. La correspondencia que guarda la grafía de la raíz rizomática con “la nube”, no sólo es elocuente: es un modelo de funcionamiento que Ponce adopta para representar una dimensión social. El “modelo” contiene no sólo una intencionalidad política, contiene una estrategia. El movimiento 15M, dice Ponce, “desconcierta a la mayoría de los analistas y políticos. Les cuesta entender, no comprenden”. Esa es precisamente la estrategia: desorientar. Pero hay algo más: es la lógica de una nuevo concepto político.
El link al blog: http://www.rizomatica.net/el-movimiento-15m-un-modelo-rizomatico-de-organizacion/
F. P.

Esta figura pertenece al blog Rizomática, el “Blog personal de opinión y reflexión sobre la Red-Mundo” de José López Ponce. El bloggero, utiliza la figura de “la nube” para representar el carácter rizomático de la organización que promueve el movimiento español 15-M. El “equívoco”  obviamente no es casual. La correspondencia que guarda la grafía de la raíz rizomática con “la nube”, no sólo es elocuente: es un modelo de funcionamiento que Ponce adopta para representar una dimensión social. El “modelo” contiene no sólo una intencionalidad política, contiene una estrategia. El movimiento 15M, dice Ponce, “desconcierta a la mayoría de los analistas y políticos. Les cuesta entender, no comprenden”. Esa es precisamente la estrategia: desorientar. Pero hay algo más: es la lógica de una nuevo concepto político.

El link al blog: http://www.rizomatica.net/el-movimiento-15m-un-modelo-rizomatico-de-organizacion/

F. P.

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Choque de globalizaciones

Como solemos hacer en este blog, vamos a reproducir y resaltar los fragmentos que nos resultaron más interesantes de un artículo que salio el miércoles 28 de marzo en la sección “La ventana” del diario Página/12. La nota, que no tiene desperdicio, se llama Choque de globalizaciones y la firman Marcelo J. García y Roberto Samar, del Departamento de Comunicación de la Sociedad Internacional para el Desarrollo. El artículo tiene una potencia inusitada, como si sus autores hubieran tomado la decisión de recortar las ideas fuerzas de un trabajo de mayor aliento y las hubieran cargado sobre las espaldas del lector para que las acarree por su cuenta. Es notable, a su vez, la coincidencia que tiene el concepto “choque de civilizaciones” con lo que dijo Hernán Casciari sobre “el mundo viejo y el mundo nuevo”, o con esa otra idea que venimos desarrollando en Gengibre y que habla de la coexistencia de dos cosmovisiones que están atravesando la transición sin mayores conflictos (aunque no estamos excentos de ese “choque”).

Choque de civilizaciones

Cuando cayeron las Torres Gemelas, una década atrás, muchos pensaron que se confirmaba la visión de Samuel Huntington y las civilizaciones habían (uf, finalmente) empezado a chocar. La metáfora, sin embargo, se mostró más potente que la literalidad. Que un movimiento horizontal (el avión) derrumbara a una construcción vertical (la torre) fue, en última instancia, más importante que el hecho de que el atentado fuese perpetrado por una civilización contra otra.
No hace falta haber leído las obras completas de Karl Marx para notar el lenguaje materialista histórico del primer párrafo. El edificio se derrumbó, pero la metáfora quedó. Y la nueva metáfora del edificio derrumbado abrió, en realidad, la era del Choque de las Globalizaciones.
La década que siguió al derrumbe de las Torres fue la década de Internet y de las redes sociales: nuevas formas de comunicación que, al convertirse en dominantes, modifican las formas de entender y actuar en el mundo y, con ello, las prácticas sociales. Y a pesar de las tentaciones de sobredeterminación metafórica, la materialidad estructural (la base) sigue siendo fundamental en la confrontación global de nuestro tiempo.
La problemática actual, en términos de Toni Negri, incluye a “multitudes” en busca de destinos. El otrora “pueblo” parecía, al menos a la distancia, más fácil de aprehender: un cuerpo social con aires de homogeneidad que reconoce (cuando tiene suerte) una conducción y vive (cuando se lo gana y lo defiende) en un espacio territorial determinado. Esta nueva multitud, en cambio, trabaja en red, de forma horizontal y no reconoce ninguna centralidad. Aviones en busca de torres, aquí y allá.
La nueva lógica horizontal tiene tantas manifestaciones como la vida misma. En cada ámbito se lucha contra la jerarquía y se disputa soberanía. Lo que antes era una rareza –por ejemplo Linux, el software libre cuyo código fuente puede ser utilizado, modificado y redistribuido libremente por cualquiera– es hoy la norma, o cuanto menos la tendencia. Desde WikiLeaks y Anonymous hasta el uso político de herramientas de “mercado” como Twitter en lugares donde la circulación de la palabra es revolucionaria. Todo se convierte en construcción colectiva. Lo discursivo, redes sociales mediante, no es la excepción.
El derrotero de lo horizontal, como todo camino revolucionario que se digne de tal, no está libre de contradicciones y momentos de tensión. Negri afirma que su afamada multitud se compone “de innumerables diferencias internas que nunca podrán reducirse a una unidad, ni a una identidad única”. La multitud no se “somete al dominio de uno”. Lo cual no quiere decir, agregamos aquí, que el “uno” no intente dominar a la multitud. En el choque de globalizaciones, los aliados de hoy pueden ser los adversarios de mañana. Una multitud que, en palabras de Negri, “emerja para expresarse autónomamente y gobernarse a sí misma” tiene que estar atenta a las tendencias que dominan su propia dinámica. La Revolución Francesa, nunca está de más recordar, terminó en el 18 Brumario.
No es difícil ver si se mira hacia el horizonte cuáles son los actores con potenciales ambiciones napoleónicas y las dos corrientes que coexisten en el “frente popular” del nuevo espacio público global. El debate, con origen en los Estados Unidos y alcance mundial, sobre la Stop Online Piracy Act (SOPA), encontró a los piratas redentores del presente aliados con grandes empresas de tecnología cuyo culto a la apertura horizontal es una gran estrategia de marketing. La configuración de alianzas durante ese proceso fue más bien contradictoria y la bandera “Stop Piracy, Not Freedom” enarbolada por los asesores de public relations de las vacas sagradas de la Era Digital (con Google, Facebook y Twitter a la cabeza) contraponía dos términos que parte de la “masa del pueblo” en la multitud (los partidos piratas, por ejemplo) posiblemente conciba como sinónimos.
Lo que quedará por definir en esta dicotomía globalizadora es el rol de los Estados, muchos de los cuales apenas atinan a intentar mantener (torpemente) la impronta westfaliana de monopolizar la fuerza y la información. Ante un espacio público digital-global sin fronteras, sin embargo, los Estados sobrevivirán si se convierten en proveedores de espacios de libertad para sus ciudadanos más que de control. Para el control, ya habrá fuerzas más fuertes y globales. Ante la duda, consultar a Julian Assange, cuyo avión informativo también hizo caer un par de Torres.

Link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/laventana/26-190579-2012-03-28.html

F.P.

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Se dice y se repite que Facebook, por la cantidad de usuarios, sería el tercer país del mundo después de la India y China. ¿No sería posible hacer una traducción política del país-facebook a partir de los criterios de uso de los usuarios?, ¿Qué modelo social y político propone ese país?
F.P.

Se dice y se repite que Facebook, por la cantidad de usuarios, sería el tercer país del mundo después de la India y China. ¿No sería posible hacer una traducción política del país-facebook a partir de los criterios de uso de los usuarios?, ¿Qué modelo social y político propone ese país?

F.P.

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Cippolini subrayado
Como decíamos en el post anterior, el sábado pasado (06/02/2012) la Revista Ñ publicó una excelente nota de Rafael Cippolini. La nota se titula Filosofía del download y habla sobre lo que ponen en juego proyectos de ley como SOPA y PIPA frente a una filosofía del intercambio que se ha extendido mucho más allá de la red y se ha convertido en una forma de vivir. Vamos compartir con nuestros lectores la nota editada, es decir, subrayando (en negrita) los párrafos que nos parecen, no sólo aquellos que nos parecen sobresalientes, sino aquellos que más aportan a los debates de nuestra época. La nota
Filosofía del download, por Rafael Cippolini

Para empezar, lo que todos sabemos: el jueves 19 de enero, la  sincronía, el efecto mariposa, el azar o el impecable sentido de  oportunidad de intereses diversos lograron que la captura de Kim Schmitz  alias  Dotcom, sucediera tan solo un día después del masivísimo blackout en protesta por los proyectos de las leyes SOPA y PIPA, impulsadas por  Lamar Smith, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados  Unidos. Los cargos contra Dotcom, empresario y pirata informático alemán  de casi 38 años, fundador del sitio web Megaupload, fueron los de  crimen organizado, blanqueo de dinero y violación de la ley de los  derechos de propiedad intelectual. A partir de entonces, se hizo cada  vez más notorio un fantasma que sobrevuela internet desde hace tiempo.  Para unos pocos, lo que presenciamos es el principio del fin de una era  dorada de experimentación y circulación anárquica de todo tipo de bienes  culturales en formato digital, mientras que nos aprontamos al  espectáculo de un futuro de millones de usuarios condenados únicamente a  consumir. Sin embargo, simultáneamente, crece más y más la épica de la  desestimación: para la inmensa mayoría, la libertad de contenidos en la  web es tanto ideológica como tecnológicamente irreversible.
Lejos  de paralizar, los acontecimientos disparan todo tipo de noticias: nos  enteramos que los hacktivistas de Anonymous planean su propia versión de  plataforma de descargas on line (bautizada Anonyupload) –aunque hay  quienes desmienten esta versión–, como también supimos que la compañía  de Schmitz se aprontaba para presentar al mundo Megakey, un sitio  comercial de música que obviando a las discográficas hubiera llevado al  definitivo final de éstas. Asimismo tomamos nota que la empresa  valenciana Bionic Thumbs acaba de desarrollar MegaUp: Upload if you  can!, un videojuego paródico sobre los hechos de público conocimiento.  La lista es muy extensa. Tan lejos de detenerse, la cultura digital  sigue dando pruebas del poder de su viralidad, mientras se multiplica y  reinventa. Pero ¿de qué tipo de cultura digital hablamos? Si SOPA y PIPA  solo son una cortina de humo o una desafortunada expresión de deseo, y  el arresto de Herr Dotcom una estrategia de impacto mediático, ¿qué es  lo que realmente se pone en juego en las filosofías del intercambio en  la era web? ¿Una nueva querella de antiguos contra modernos, de  apocalípticos versus integrados, dos visiones de lo que debe ser la red y  las visiones del mundo que la transitan? ¿Sólo dos? Contemporáneamente, al describir su proyecto Sincita, el artista  rosarino Fabrizio Caiazza nos dice desde su sitio web: “Internet no  cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra  manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y  relacionarnos, aun con los sitios de descarga cancelados, aún con las  computadoras apagadas”. Hace muy poco, las autoridades suecas aprobaron  una religión conocida como Kopimism, impulsada por devotos que  consideran que compartir archivos (File Sharing) es un acto sagrado (ver  nota adjunta). Revisemos un poco más detenidamente. ¿Qué tan profundos y  definitivos son los cambios? ¿De cuántos modos nos afectan  –digitalmente o en nuestro estado unplugged– estas  transformaciones? Hace poco más de una década, el nombre de Shawn  Fanning inundaba los medios tanto como hoy lo hace el de Schmitz. Fueron  algo más de 15 minutos de fama. Resumamos: en junio de 1999, un nerd de  Massachusetts de entonces apenas 19 años, daba a conocer al mundo su  polémico proyecto que marcaría un antes y un después en la circulación  masiva de música: se llamó Napster. Este servicio de distribución de  archivos en formato MP3, bueno es recordarlo, tuvo un mentor: John  Fanning, tío de Shawn. No sólo le regaló su primera computadora Apple,  sino que también se de-sempeñó como primer presidente de la firma y  recolector de inversores. El crecimiento de la empresa fue meteórico y  se convirtió en una bomba durante el año 2000: la banda heavy Metallica  demandó a Napster en abril y el joven Shawn fue tapa de la revista Time  en octubre. Seguía pregonando que todo había comenzado cuando se propuso  compartir con sus amigos su colección de música en MP3 a partir de un  sistema de acceso simple y efectivo. Cuando en junio del mismo año la  RIAA (Recording Industry Association of America) bloquea judicialmente  muchas de las descargas, Napster acababa de recibir una inversión de 15  millones de dólares. Al año ya tenía más de 25 millones de usuarios.
Repito  lo que ya escribí en mi blog Cippodromo, hace más de dos años. ¿Qué  queremos decir cuando nos referimos a descargar contenidos? Otra vez  invertimos los términos: no estamos hablando de la fragilidad de lo que  llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de  la mutación de un concepto de industria. Una filosofía diferencial de la  administración de la información.
La proliferación de las  tecnologías digitales modificó culturalmente el modo en que las  industrias se conciben a sí mismas. En realidad, es la relación de la  creación (de los artistas) con las industrias la que ingresó hace tiempo  en una nueva dimensión.
En lo que se refiere a las artes,  podríamos iniciar la pesquisa desde la perspectiva de las diversas  conductas de artista: en principio, aquellos que adhieren a una  concepción de la industria que es propia de los siglos XIX y XX y  aquellos que apuestan a los imparables cambios del siglo XXI. Por  supuesto, estas dos conductas tienen múltiples matices, pero en  definitiva todo artista adhiere a un concepto de industria. Walter  Benjamin se preguntaba por el aura. Es el concepto de valor el que una  vez más se pone en juego. Y no me refiero únicamente al valor económico.
Regresemos a la historia de Napster. En septiembre de 2001,  luego de una furiosa presión por parte de las discográficas, que  seguimos capítulo a capítulo como si se tratara de una telenovela, el  servicio deja de funcionar. Después de unos años fuera de la vida  pública, Fanning regresó en 2005 con una nueva propuesta, Snocap, un  servicio que ideológicamente es el absoluto contrario de Napster.  Contratado inmediatamente por Universal, Sony-BMG, EMI y Warner Music,  su tarea fue centralizar licencias y poder cobrar de este modo por las  descargas de las canciones. Su respuesta fue contundente: nada más que  un cambio en el modelo de negocios.
Sin embargo, la transformación de esa nueva mentalidad industrial que ayudó a alimentar no retrocedió. Todo lo contrario.
¿Será  que Fanning olvidó su impulso inicial, el de compartir archivos? ¿Acaso  siempre deben resultar antagónicos los intereses del empresario y del  usuario?  ¿Por qué no auscultarlo como un giro antropológico? No sólo el  cuento de una serie de aplicaciones P2P (Peer-to peer, o entre pares,  de Napster a Audiogalaxy a eMule, y más tarde de servicios de  alojamiento de archivos Megaupload, Mediafire, RapidShare o GigaSize)  sino de un giro cultural donde los usuarios vamos desarrollando otro  tipo de necesidades. 
Escribí más arriba que cada artista adhiere  con su conducta a un concepto de industria. En febrero de 2008, unos  meses después de que Radiohead permitiera la descarga gratuita de su  álbum In Rainbows desde su website y por un tiempo  limitado, 40 artistas de latitudes diferentes (de Andrés Calamaro a Lily  Alen, de Skay Beillison y Hernán Cattaneo a Wayne Coyne de Flaming  Lips) respondieron en Rolling Stone edición argentina a preguntas como  “¿los grandes sellos se adaptarán a la nueva etapa? ¿Hay más o menos  oportunidades para las nuevas bandas? ¿la tecnología nos acercará a una  música mejor?”. Hubo respuestas para todos los gustos. Desde aquellos  que coincidían ampliamente con el gesto de Metallica hasta quienes  admitían descargar música de la web.
Lo sabemos: los tecnófobos  no son aquellos que denostan toda tecnología, sino por el contrario,  aquellos nostálgicos que prefieren una tecnología anterior. Y no existe  tecnología que no esté fundada en un uso específico y en una mentalidad  de uso.
Es indudable que, en el mundo digital, la labor  ideológica y de difusión de los defensores tanto del software libre como  del código abierto (Richard Stallman, John Maddog Hall, Eric Raymond,  etc.) va dejando su impronta en una psicología epocal, aún en el caso de  que jamás se haya oído hablar de ellos. En la misma dirección sigue  resultando capital el ensayo Crímenes de la razón. El  fin de la mentalidad científica del físico estadounidense –y Premio  Nobel– Robert B. Laughlin, quien señala que la Era de la Información  bien podría denominarse Era de la Amnesia, debido a la demoledora  disminución del acceso público a conocimientos que deberían no poseer  copyright.
Nunca deberíamos olvidar que el usuario es la pieza  clave de cualquier industria. Su motor. Así como existe una diferencia  nada sutil entre quien intercambia información y el que lucra  comercializando bienes ajenos. Muy distinto es disponibilizar que  lucrar. Son los usuarios los que disponibilizan material audiovisual en  un sitio como Youtube. Lo comparten con otros usuarios. Bajo el pretexto  de combatir la piratería, los proyectos de ley SOPA y PIPA arremeten  contra todo lo que puede convertirse en una amenaza. Es algo tan  ridículo como argumentar la necesidad de clausurar las bibliotecas o las  librerías de usado para salvar, si esto fuera necesario, a la industria  editorial. Es cierto, la figura del pirata (la vedette de toda esta  trama) es tanto una creación de la industria como lo es la figura del  Capitán Jack Sparrow.
Los desarrolladores de plataformas de  intercambio invariablemente comienzan como usuarios. Y lo siguen siendo  de muchas maneras.
Como sea, quiero concluir con una cita que no es otra cosa que una paráfrasis del clásico La Catedral y el Bazar,  de Eric Raymond: “Es posible que a largo plazo triunfe la cultura del  intercambio libre. No porque esta circulación sea moralmente correcta o  porque la rentabilidad económica sea moralmente incorrecta, sino  simplemente porque el mundo comercial no puede ganar una carrera de  armamentos evolutiva a las comunidades de intercambio libre, que pueden  disponer de muchísimo más tiempo cualificado y muchísimos más actores  que cualquier compañía”.

Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/SOPA-PIPA-industria-download-online_0_640135990.html

Cippolini subrayado

Como decíamos en el post anterior, el sábado pasado (06/02/2012) la Revista Ñ publicó una excelente nota de Rafael Cippolini. La nota se titula Filosofía del download y habla sobre lo que ponen en juego proyectos de ley como SOPA y PIPA frente a una filosofía del intercambio que se ha extendido mucho más allá de la red y se ha convertido en una forma de vivir. Vamos compartir con nuestros lectores la nota editada, es decir, subrayando (en negrita) los párrafos que nos parecen, no sólo aquellos que nos parecen sobresalientes, sino aquellos que más aportan a los debates de nuestra época. La nota

Filosofía del download, por Rafael Cippolini

Para empezar, lo que todos sabemos: el jueves 19 de enero, la sincronía, el efecto mariposa, el azar o el impecable sentido de oportunidad de intereses diversos lograron que la captura de Kim Schmitz alias Dotcom, sucediera tan solo un día después del masivísimo blackout en protesta por los proyectos de las leyes SOPA y PIPA, impulsadas por Lamar Smith, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Los cargos contra Dotcom, empresario y pirata informático alemán de casi 38 años, fundador del sitio web Megaupload, fueron los de crimen organizado, blanqueo de dinero y violación de la ley de los derechos de propiedad intelectual. A partir de entonces, se hizo cada vez más notorio un fantasma que sobrevuela internet desde hace tiempo. Para unos pocos, lo que presenciamos es el principio del fin de una era dorada de experimentación y circulación anárquica de todo tipo de bienes culturales en formato digital, mientras que nos aprontamos al espectáculo de un futuro de millones de usuarios condenados únicamente a consumir. Sin embargo, simultáneamente, crece más y más la épica de la desestimación: para la inmensa mayoría, la libertad de contenidos en la web es tanto ideológica como tecnológicamente irreversible.

Lejos de paralizar, los acontecimientos disparan todo tipo de noticias: nos enteramos que los hacktivistas de Anonymous planean su propia versión de plataforma de descargas on line (bautizada Anonyupload) –aunque hay quienes desmienten esta versión–, como también supimos que la compañía de Schmitz se aprontaba para presentar al mundo Megakey, un sitio comercial de música que obviando a las discográficas hubiera llevado al definitivo final de éstas. Asimismo tomamos nota que la empresa valenciana Bionic Thumbs acaba de desarrollar MegaUp: Upload if you can!, un videojuego paródico sobre los hechos de público conocimiento. La lista es muy extensa. Tan lejos de detenerse, la cultura digital sigue dando pruebas del poder de su viralidad, mientras se multiplica y reinventa. Pero ¿de qué tipo de cultura digital hablamos? Si SOPA y PIPA solo son una cortina de humo o una desafortunada expresión de deseo, y el arresto de Herr Dotcom una estrategia de impacto mediático, ¿qué es lo que realmente se pone en juego en las filosofías del intercambio en la era web? ¿Una nueva querella de antiguos contra modernos, de apocalípticos versus integrados, dos visiones de lo que debe ser la red y las visiones del mundo que la transitan? ¿Sólo dos? Contemporáneamente, al describir su proyecto Sincita, el artista rosarino Fabrizio Caiazza nos dice desde su sitio web: “Internet no cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y relacionarnos, aun con los sitios de descarga cancelados, aún con las computadoras apagadas”. Hace muy poco, las autoridades suecas aprobaron una religión conocida como Kopimism, impulsada por devotos que consideran que compartir archivos (File Sharing) es un acto sagrado (ver nota adjunta). Revisemos un poco más detenidamente. ¿Qué tan profundos y definitivos son los cambios? ¿De cuántos modos nos afectan –digitalmente o en nuestro estado unplugged– estas transformaciones? Hace poco más de una década, el nombre de Shawn Fanning inundaba los medios tanto como hoy lo hace el de Schmitz. Fueron algo más de 15 minutos de fama. Resumamos: en junio de 1999, un nerd de Massachusetts de entonces apenas 19 años, daba a conocer al mundo su polémico proyecto que marcaría un antes y un después en la circulación masiva de música: se llamó Napster. Este servicio de distribución de archivos en formato MP3, bueno es recordarlo, tuvo un mentor: John Fanning, tío de Shawn. No sólo le regaló su primera computadora Apple, sino que también se de-sempeñó como primer presidente de la firma y recolector de inversores. El crecimiento de la empresa fue meteórico y se convirtió en una bomba durante el año 2000: la banda heavy Metallica demandó a Napster en abril y el joven Shawn fue tapa de la revista Time en octubre. Seguía pregonando que todo había comenzado cuando se propuso compartir con sus amigos su colección de música en MP3 a partir de un sistema de acceso simple y efectivo. Cuando en junio del mismo año la RIAA (Recording Industry Association of America) bloquea judicialmente muchas de las descargas, Napster acababa de recibir una inversión de 15 millones de dólares. Al año ya tenía más de 25 millones de usuarios.

Repito lo que ya escribí en mi blog Cippodromo, hace más de dos años. ¿Qué queremos decir cuando nos referimos a descargar contenidos? Otra vez invertimos los términos: no estamos hablando de la fragilidad de lo que llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de la mutación de un concepto de industria. Una filosofía diferencial de la administración de la información.

La proliferación de las tecnologías digitales modificó culturalmente el modo en que las industrias se conciben a sí mismas. En realidad, es la relación de la creación (de los artistas) con las industrias la que ingresó hace tiempo en una nueva dimensión.

En lo que se refiere a las artes, podríamos iniciar la pesquisa desde la perspectiva de las diversas conductas de artista: en principio, aquellos que adhieren a una concepción de la industria que es propia de los siglos XIX y XX y aquellos que apuestan a los imparables cambios del siglo XXI. Por supuesto, estas dos conductas tienen múltiples matices, pero en definitiva todo artista adhiere a un concepto de industria. Walter Benjamin se preguntaba por el aura. Es el concepto de valor el que una vez más se pone en juego. Y no me refiero únicamente al valor económico.

Regresemos a la historia de Napster. En septiembre de 2001, luego de una furiosa presión por parte de las discográficas, que seguimos capítulo a capítulo como si se tratara de una telenovela, el servicio deja de funcionar. Después de unos años fuera de la vida pública, Fanning regresó en 2005 con una nueva propuesta, Snocap, un servicio que ideológicamente es el absoluto contrario de Napster. Contratado inmediatamente por Universal, Sony-BMG, EMI y Warner Music, su tarea fue centralizar licencias y poder cobrar de este modo por las descargas de las canciones. Su respuesta fue contundente: nada más que un cambio en el modelo de negocios.

Sin embargo, la transformación de esa nueva mentalidad industrial que ayudó a alimentar no retrocedió. Todo lo contrario.

¿Será que Fanning olvidó su impulso inicial, el de compartir archivos? ¿Acaso siempre deben resultar antagónicos los intereses del empresario y del usuario? ¿Por qué no auscultarlo como un giro antropológico? No sólo el cuento de una serie de aplicaciones P2P (Peer-to peer, o entre pares, de Napster a Audiogalaxy a eMule, y más tarde de servicios de alojamiento de archivos Megaupload, Mediafire, RapidShare o GigaSize) sino de un giro cultural donde los usuarios vamos desarrollando otro tipo de necesidades.

Escribí más arriba que cada artista adhiere con su conducta a un concepto de industria. En febrero de 2008, unos meses después de que Radiohead permitiera la descarga gratuita de su álbum In Rainbows desde su website y por un tiempo limitado, 40 artistas de latitudes diferentes (de Andrés Calamaro a Lily Alen, de Skay Beillison y Hernán Cattaneo a Wayne Coyne de Flaming Lips) respondieron en Rolling Stone edición argentina a preguntas como “¿los grandes sellos se adaptarán a la nueva etapa? ¿Hay más o menos oportunidades para las nuevas bandas? ¿la tecnología nos acercará a una música mejor?”. Hubo respuestas para todos los gustos. Desde aquellos que coincidían ampliamente con el gesto de Metallica hasta quienes admitían descargar música de la web.

Lo sabemos: los tecnófobos no son aquellos que denostan toda tecnología, sino por el contrario, aquellos nostálgicos que prefieren una tecnología anterior. Y no existe tecnología que no esté fundada en un uso específico y en una mentalidad de uso.

Es indudable que, en el mundo digital, la labor ideológica y de difusión de los defensores tanto del software libre como del código abierto (Richard Stallman, John Maddog Hall, Eric Raymond, etc.) va dejando su impronta en una psicología epocal, aún en el caso de que jamás se haya oído hablar de ellos. En la misma dirección sigue resultando capital el ensayo Crímenes de la razón. El fin de la mentalidad científica del físico estadounidense –y Premio Nobel– Robert B. Laughlin, quien señala que la Era de la Información bien podría denominarse Era de la Amnesia, debido a la demoledora disminución del acceso público a conocimientos que deberían no poseer copyright.

Nunca deberíamos olvidar que el usuario es la pieza clave de cualquier industria. Su motor. Así como existe una diferencia nada sutil entre quien intercambia información y el que lucra comercializando bienes ajenos. Muy distinto es disponibilizar que lucrar. Son los usuarios los que disponibilizan material audiovisual en un sitio como Youtube. Lo comparten con otros usuarios. Bajo el pretexto de combatir la piratería, los proyectos de ley SOPA y PIPA arremeten contra todo lo que puede convertirse en una amenaza. Es algo tan ridículo como argumentar la necesidad de clausurar las bibliotecas o las librerías de usado para salvar, si esto fuera necesario, a la industria editorial. Es cierto, la figura del pirata (la vedette de toda esta trama) es tanto una creación de la industria como lo es la figura del Capitán Jack Sparrow.

Los desarrolladores de plataformas de intercambio invariablemente comienzan como usuarios. Y lo siguen siendo de muchas maneras.

Como sea, quiero concluir con una cita que no es otra cosa que una paráfrasis del clásico La Catedral y el Bazar, de Eric Raymond: “Es posible que a largo plazo triunfe la cultura del intercambio libre. No porque esta circulación sea moralmente correcta o porque la rentabilidad económica sea moralmente incorrecta, sino simplemente porque el mundo comercial no puede ganar una carrera de armamentos evolutiva a las comunidades de intercambio libre, que pueden disponer de muchísimo más tiempo cualificado y muchísimos más actores que cualquier compañía”.

Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/SOPA-PIPA-industria-download-online_0_640135990.html

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¿Cuáles son las consecuencias offline del intento de controlar internet?

Tras el cierre de Megaupload, el bloggero Santiago Bilinkis: dijo “La lucha para evitar el atropello de las libertades será difícil y desigual. Pero hay una buena noticia: no hay ley que pueda de manera efectiva y sostenida detener el avance de la tecnología. Y será nuestro ingenio, aprovechando las posibilidades que Internet misma ofrece, el que nos brinde herramientas ideales para resistir” (de la nota “Internet en estado de sitio” de Mariano Blejman en el Página/12 de hoy).
Esto se complementa con las palabras del artista Rosarino Fabrizio Caiazza: “Internet no cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y relacionarnos, aún con los sitios de descarga cancelados, aún con las computadoras apagadas” (de la nota “Filosofías del download” de Rafael Cippolini, en la Revista Ñ del sábado 4 de febrero de 2012)

Es decir, si la tecnología es un bólido arrojado hacia el futuro sin ninguna posibilidades de detenerlo (por razones que van desde lo comercial y lo industrial en adelante); si Internet no es una prótesis tecnológica sino que pasó a ser la consecuencisa de un lógica de funcionamiento que se trasladó al mundo offline; ¿no es lógico pensar -como más o menos venimos diciendo en este blog- que esa nueva lógica de funcionamiento comience a demandar instutuciones y políticas acordes a esa cosmovisión? ¿Cuál es la actitud que van a tomar las instituciones frente a esta demanda? ¿La concreción de esas nuevas condiciones, dependen de las instituciones que se sienten interpeladas o es un devenir inexorable que -si no responden- se las llevará puestas? Y la pregunta del millón: ¿cuáles serán los costos de esa resistencia y -si no hay un sujeto fácilmente aprehensible- quiénes serán los mayores damnificados? En el siglo XVIII con la burguesía y en los siglos XIX y XX con los movimientos obreros y los partidos políticos populares, había un chivo expiatorio, había a quién demonizar y reprimir, ¿hoy se puede decir que se detiene “el mal” demonizando, encarcelando o reprimiendo a Kim Dotcom Schmitz?

F.P.

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Los movimientos sociales difusos

Hace unos días atrás, más precisamente el sábado 21 de enero, y a partir de la creciente importancia que adquieren las nuevas tecnologías en el escenario político internacional, la Revista Ñ publicó una nota mía sobre los llamados “movimientos sociales difusos” y una entrevista que le hice sobre el mismo tema al filósofo y activista del Movimiento de los Indignados, Amador Fernández Savater. Por razones lógicas de espacio, ambas notas tuvieron que ser editadas (esto es: recortadas), y si bien en la edición no se perdió de vista lo sustancial ni mucho menos, en la versión original había algunos subtítulos y una mención a las reflexiones que la filosofía política viene haciendo en torno a “lo común” que es importante retener. A continuación vamos a dar a conocer la versión completa de la nota cuyo título original era Anonymous, o el concepto político de los movimientos sociales difusos y, en lo sucesivo, también vamos a publicar la entrevista completa a Amador Fernández Savater, no tanto por las respuestas, que son prácticamente las mismas, sino por las preguntas, que tenían un planteo y una contextualización que no se pudo conservar en la versión publicada por Ñ. También iré publicando algunos agregados e interrogantes que el tránsito de ambas notas me fueron dejando.

Anonymous, o el concepto político de los movimientos sociales difusos

El ingreso al siglo XXI nos deparaba el agotamiento de una episteme política. El concepto político que gravitó gran parte de la vida moderna, para sorpresa de muchos, tenía fecha de vencimiento. Las prácticas construidas sobre la tensión amigo-enemigo que constituían a lo político, comenzaron a ser desestimadas por aisladas, restrictivas e ineficientes. Categorías como “partido”, “lucha de clases”, “ideología”, “utopía” y “proletariado”, se volvieron inactuales y se usan más por la inercia de una época anochecida que por la fuerza de su vigencia. En ese contexto, en el momento más crítico de la representación y el de mayor subordinación de la política a manos del capital financiero, prorrumpe una diversidad de manifestaciones que alteran el escenario mundial. Expresiones políticas tan disímiles como las autocracias árabes, las democracias europeas, Rusia y EEUU, se vuelven igualmente impotentes frente a colectivos con identidades y objetivos difusos que, montados sobre tecnologías interactivas de acceso masivo, dicen al unísono: “no nos representan” y “somos el 99%”. Sus protagonistas, igualados por la careta de Anonymous (adoptada del cómic V de Vendetta) recorren el mundo como una reformulación de otros fantasmas, mientras twittean: “2011 quedará en la historia como el año en que redefinimos la política”.
¿Qué son los movimientos sociales difusos? ¿Fue una aparición súbita e imprevisible o había indicios y no se pudo controlar? ¿Cuál es su poder real de afectación? ¿En qué medida redefinen la política? ¿Cuál es su proyección?
 

La irrupción
En diciembre de 2011, la revista Time distinguió con su ya célebre “personaje del año” a The protester. La tapa muestra a un sujeto anónimo, con el rostro tapado. Es el protagonista de los acontecimientos que van de Túnez y Atenas a Madrid, Wall Street y Moscú. Un año antes, el joven tunecino Mohamed Bouazizi se quemaba a lo bonzo por las condiciones económicas y el trato recibido por la policía. No era la primera inmolación pública en Túnez. La diferencia la marcó un grupo de jóvenes que, tras su muerte, subió a internet la desgarradora protesta de la madre. Esa misma noche, en solidaridad, miles de manifestantes salieron a las calles autoconvocados a través de las redes sociales bajo una consigna reveladora: “una piedra en una mano y un teléfono móvil en la otra”. De ese modo, sobre la concurrencia de la comunicación y el dolor, comenzaba la Primavera Arabe y un efecto dominó que, como sabemos, se extendería con suerte diversa a Egipto, Argelia, Mauritania, Jordania, Siria, Libia, Yemen, y hasta el pequeño estado insular de Baréin. Los analistas decían que se trataba de un conflicto circunscripto al mundo árabe. Occidente todavía estaba lejos de ver en esos estallidos contagiosos el germen de un colapso mayor. Seguía considerándose un remoto espectador de las revueltas que desde siempre habían caracterizado a Medio Oriente, y con costumbroso desdén, decía: “son las aspiraciones democráticas lógicas que engendran las autocracias”, “nosotros somos el modelo”. Como si la filiación en la tradición republicana fuera garantía de inmunidad. Pero nadie estaba a salvo de la pandemia.

Los indicios
Existían referencias inquietantes, que junto a las disquisiciones en tornos a lo común que la filosofía política venía haciendo desde hace más de una década, podrían haber funcionado como una doble advertencia: de la conformación de un nuevo actor social y de un cambio cardinal en la concepción política. Los antecedentes, además, daban a entender que los regímenes totalitarios no eran los únicos que podían ser afectados por esta hidra de mil cabezas. Las democracias liberales también estaban incluidas. Bastaba con recordar “la manifestación de los celulares” que en dos días, tras los sucesos de Atocha, le había arrebatado la segura presidencia de Mariano Rajoy en 2004; o las revueltas que en 2009, fogoneadas desde las redes sociales, hicieron tambalear a Moldavia e Irán. Pero no se dimensionó la vulnerabilidad de los estados en general, independientemente de sus regímenes jurídicos, frente a estas intervenciones públicas. Los rasgos distintivos de su poder de afectación: 1) no presentan líderes ni autores definidos, 2) no quieren asaltar el poder, 3) trascienden los gentilicios nacionales para darse una pertenencia mayor; 4) logran una exposición internacional de los conflictos que condiciona las reacciones. La urgencia periodística, en medio de una crisis económica mundial que demanda respuestas, los exaltó y minimizó con la misma irresponsabilidad. Pero no hay elementos suficientes para pronunciarse. Tenemos, sí, algunos datos significativos. Hay una activa red de “indignados” que abarca casi toda Europa, el movimiento Occupy Wall Street se ha multiplicado por todo EEUU, y junto a otros colectivos, el 15 de octubre (15-O) realizaron la primera manifestación global de la historia, con un millón de personas en las calles de 1000 ciudades del mundo y varios millones más expresándose en las redes sociales a través de hashtags (etiquetas) tan sugerentes como: #globalrevolution, #globalchange y #WorldwideProtests. En este sentido, es la primera vez desde la caída del muro de Berlín, que surge un antagonismo potencialmente equivalente a la hegemonía neoliberal. Es decir, es la primera vez que la lógica que convirtió a la política en una práctica subalterna del capital financiero y a los gobiernos nacionales en meros gerenciadores interinos, se enfrenta a una presencia tan difusa y elusiva como la suya.

¿Sociedad de control?
La sociedad de control, contra todos los pronósticos, habilitó el acceso masivo a un instrumental altamente interactivo, hiriendo de muerte su propio dispositivo de dominio (¿o son las reglas del capital que lo vuelven irrefrenablemente voraz y suicida?) La interacción, mientras muchos todavía dudan de la dimensión política de las Nuevas Tecnologías, posibilitó: 1) dimensionar y difundir las consecuencias sociales del capitalismo financiero; 2) reconocer interlocutores fuera de los circuitos tradicionales y más allá de las fronteras nacionales y culturales; 3) descubrir que ya no hay minorías, sino muchos que comparten intereses, objetivos, sueños y dolores con muchos; 4) experimentar una temporalidad y una espacialidad diferentes; 5) una nueva morfología en las relaciones sociales; 6) explorar variantes de un nuevo poder colectivo. Fue, por lo tanto, el acceso a una trama histórica común que permanecía encriptada, desafectada, despolitizada y desdibujada. La recuperación de esa perspectiva permitió tener panorama, que cada uno se pueda ver en relación a un contexto, unir lo más próximo con aquello que por distante, no deja de pertenecernos.

Las palabras y las cosas
Cuando se cumplían 10 años del Mayo Francés, le pidieron a Foucault que hiciera una evaluación de los años sesenta. Dijo que aquello había producido cambios en relación a un conjunto de sistematizaciones filosóficas, teóricas y culturales, pero aún cuando las «cosas» estaban a punto de disociarse, faltó un vocabulario apropiado para expresarlo. Algo de eso vivimos hoy. Las categorías interpretativas y las referencias conceptuales que manejamos se vuelven inactuales frente a un desarrollo cultural amplio, que se desmarca permanentemente. Mientras se escribe esta nota, por ejemplo, caducan o se reformulan conceptos tan explicativos como cultura, vanguardia, profundidad, conocimiento, humanismo; y emergen otros con una fuerte carga simbólica que hablan de aprendizaje colaborativo, asamblea global, extensión, inteligencia colectiva, extimidad, sujeto multitudinario, cooperación social, comunidad abierta, convergencia, coalición de voluntades, ética hacker y transmediación. No sólo asistimos al final de una configuración política, también asistimos al final de una época y por lo tanto al comienzo de una nueva que plantea sus propios interrogantes. Este momento de vacilación, que llevado por el pensamiento tradicional podría leerse como anomia o decadencia, también ofrece indicios para ser pensado y nombrado de otro modo.

Cultura colaborativa
La cultura emergente tiene una fuerte impronta colaborativa, horizontal, solidaria, creativa, pragmática, celebrativa y emprendedora. Contra la dialéctica iluminista, asume al planeta como su hábitat, llevándola a ocuparse del medio ambiente con la misma responsabilidad que asume lo común de esa nueva res-pública. Es decir, se podría pensar como un activo proceso de emancipación contracultural en el que grupos e individuos deciden prescindir de las respuestas menesterosas (espirituales, materiales, institucionales y políticas) que descienden de las élites, para generar las suyas. ¿Su procedimiento? Recusar el status quo de un modo impreciso pero aglutinante, diciendo: “sabemos lo que no queremos”. Es una desclasificación masiva de identidades impuestas y cristalizadas con el afán de vivir más satisfactoriamente. Por eso rechazan lo ideológico, porque es un pensamiento de ideas concluyentes y enemigos continuos. La ideología, como dice Amador Savater, reparte el mundo en un esquema binario y blindado, con un “nosotros” en el que no entran todos ni cualquiera. Se prefieren las acciones paradójicas, lejos de los dualismos cerrados. Pensar como se vive: en procesos subjetivos y sociales discontinuos y abiertos. Son damnificados de una lógica extensa y opresiva que recogen memorias anteriores, desde los zapatistas, los Sin Tierra y las ONGs, hasta el Foro Social y las contracumbres. Por eso su interés está puesto en “hacer la sociedad” antes que en “hacer política”, porque –como anticipadamente decía Tilman Evers– su medida de la realización no está en el poder.
Los nuevos movimientos sociales, emprendieron su propio camino y a medida que avanzan verifican su poder y aprenden de sí mismos (en este sentido, la rejerarquización de la política en los gobiernos suramericanos, forma parte del mismo proceso, en tanto que fueron víctimas anticipadas de la expoliación y los primeros desengañados). Esto no quiere decir que estemos viviendo una revolución, tampoco que vayamos a ver el desenlace. Para que las instituciones de la modernidad tomaran forma más o menos definitiva pasaron varias centurias. Es, en todo caso, “un proceso necesariamente abierto, embrionario, discontinuo y permeado de contradicciones” del que ya formamos parte.

Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Movimientos-sociales-2011-Wall-Street-Tunez-Madrid_0_631736832.html

F.P.

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Dinámica joven

La dinámica de los jóvenes está hecha con la matriz de un mundo nuevo, al que -como dice el filósofo Martín Homenhayn- logran adaptarse mucho más rápido que los adulto:

“La juventud es un grupo que, por sus características de edad, como de cultura y educación, es una amenaza permanente de relevo en el trabajo para los adultos. La juventud está mucho más preparada para nuevas formas de flexibilización, formas de producir, un mundo más intensivo en tecnología y acceso al conocimiento en el trabajo cotidiano: son más adaptables, más plásticos, más dinámicos. Confieso que hay una construcción fóbica de la nueva generación como una generación que te va a desplazar en un momento en que uno no quiere ser desplazado. Es decir que puede haber por ese lado una sensación de amenaza también.” Diario Página/12, 02-01-2012

No obstabte, hay que decirlo, no sólo se adaptan, también generan condiciones de vida, trabajos, proyectos, que ya tienen la dinámica del nuevo mundo; es más: es el nuevo mundo. Allí, en ese proceder, en esa objetivación colectiva, están los indicios de una nueva institucionalidad:

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Sobre la identidad en las nuevas prácticas políticas

Hace ya algún tiempo que venimos hablando de los modos en que las nuevas prácticas políticas evitan ofrecer flancos de anatemización. Uno de las claves, por ejemplo de OWS, el 15-M o la Primavera árabe, es evitar dar una identidad, razón por la cual las ciencias sociales -sin abdicar de sus prejuicios- no las reconocen como movimientos sociales. Como dice Amador Fernández Savater, hijo del filósofo Fernando Savater y activista del 15-M español, “…los políticos y los media presionan para que nos convirtamos en un “interlocutor válido” con sus propuestas, programas y alternativas. Una identidad ya no hace preguntas, sino que ocupa un lugar en el tablero (o aspira a ello). Se convierte en un factor previsible en los cálculos políticos y las relaciones de fuerzas.”[1]. Esta mecánica, sin embargo, no puede —y al parecer no quiere— evitar el conflicto, sólo diluyen la identidad diciendo “no tenemos jefes ni jerarquías, no obedecemos órdenes, sólo somos muchos que quieren otra cosa”.


[1] Publicado en “15-M: el poder de indefinir”. Entrevista a Amador Fernández-Savater realizada en el sitio Libro de notas. Diario de los mejores contenidos de la Red en español. http://librodenotas.com

F.P.

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¿Qué es la Política 2.0?

Como hemos referido en algunos post anteriores, la nota que Página/12 le publicara a Gerardo Adrogué, cuyo título es Los malentendidos de la Política 2.0, nos llevó a reflexionar acerca del alcance de las nuevas tecnologías en política; más aún, fue una sana interpelación a algunas ideas y conceptos que venimos trabajando en este blog desde hace más de dos años, por lo cual nos sirvió para poner a prueba lo que pensamos. A continuación el texto completo de la nota que salió en Página/12 a modo de respuesta:

Sobre los malentendidos de la política 2.0

A casi dos años de haber ingresado en la segunda década del siglo XXI, podemos decir que brecha digital no es igual a brecha económica. Sostener la homologación de estos dos elementos de análisis es desconocer que la brecha digital es cada vez menos económica que mental. De allí que el manejo de tecnologías de la información y la comunicación (TIC) que en Argentina está entre los más altos de Iberoamérica no guarde una relación directa con la cantidad de hogares que tienen computadora e internet, sino con el nivel de acceso y manejo de cierto capital cultural. Es decir, si bien la conectividad puede servir para expresar cierto standard de vida, no es una variable de hierro para establecer niveles de inclusión. Lo mismo ocurre con la PC. Hoy, pensar el acceso a la PC como una variable de inclusión, es como haber supuesto en el boom de la industria liviana que la radio o la televisión iban a definir pertenencias de clase. La accesibilidad tiende a resolverse fácticamente, con celulares y netbooks cada vez más económicos. Mucho más cuando las políticas de Estado (nacionales, provinciales, incluso municipales) marchan hacia una inclusión digital que, lejos de estancarse, iguala las oportunidades de los diferentes sectores sociales.

Tomemos el ejemplo del celular. El celular, que era un artículo de lujo en los ‘90, ha dejado de ser excluyente para la inmensa mayoría; hoy sólo el 10 por ciento de la población mundial no usa celular. Pero hay un dato aún más significativo: los últimos 20 años conformaron un proceso de alfabetización digital que le permitió a un número todavía creciente de personas interactuar y producir contenidos. Pensémoslo en perspectiva: si hoy somos 2 mil millones de personas [inter]conectadas en el mundo, en menos de cinco años ese número lejos de estancarse habrá aumentado exponencialmente, incluyendo la producción y la interacción de gente que no provendrá precisamente de Europa, América del Norte o Japón, sino de China, India y Sudamérica. Podríamos decir entonces que mientras en “la lógica del capitalismo” las telefónicas y las fábricas de celulares aumentan su poderío económico, en la lógica social aumenta la capacidad de interacción e intervención de muchos con muchos, y por lo tanto una cierta autonomía como un renovado poder contracultural. Hace ya bastante tiempo, por ejemplo, que diferentes comunidades de pescadores del mundo han incorporado el SMS para consensuar cotizaciones que cuando atracan en los puertos les permiten negociaciones más ventajosas. Algo parecido ocurre con sectores populares de Perú que mediante SMS acceden a información fiable y necesaria para decidir sus compras frente a la rapacidad corporativa de los supermercados. ¿No son estos ejemplos la demostración de una fortaleza colectiva que se apoya en las TIC? ¿La incorporación de ese instrumental no tiene una dimensión política? ¿Eso que con descrédito suelen llamar Política 2.0 no abrió acaso el camino de la crítica global que hoy llevan adelante los “indignados” en el mundo entero? Si alguna conclusión podemos sacar es que las TIC, antes que un fenómeno tecnológico, demostraron ser plataformas de socialización y de construcción cooperativa de conocimiento. ¿Es disparatado pensar que esa cultura colaborativa pueda generar su propio dispositivo de poder como en su momento lo hizo el modelo ilustrado? Aunque intrépida, no es una pregunta inoportuna en el contexto de una crisis del capitalismo —y de los sistemas políticos— como la que atravesamos. Los medios de producción que en el capitalismo industrial se sostenían en el paradigma energético, en la actualidad han ingresado en una fase crítica bajo el paradigma del conocimiento. Esto, que algunos teóricos llaman “capitalismo cognitivo” está modificando las relaciones de fuerza de los actores que intervienen en el proceso de producción y está produciendo mutaciones históricas. Los trabajadores son cada vez menos piezas reemplazables de una cadena de producción, como lo fueron durante el taylorismo y el fordismo; lo cual ha puesto en marcha un proceso de reapropiación de los medios de producción y una revaloración de lo que Eduardo Rojas llama el “saber obrero”. No es lo mismo el tipo de oposición (física) que se le presentaba al capitalismo industrial, que el tipo de oposición (intelectual) que se le presenta al capitalismo actual. Antes los obreros se resistían a la explotación, ahora —sobre todo los jóvenes— se preservan de la alienación. Lo mismo ocurre en el campo de la política, con jóvenes que interpelan viejas prácticas y recusan las alternativas de “participación” que les ofrecen los partidos. Occupy Wall Street, el 15-M de España y la Primavera Arabe, rechazando toda filiación, jerarquía o liderazgo, forman parte de esta movida. Y aunque aún no logren componer una alternativa, porque en la actualidad tienen más poder desestabilizador que instituyente, manifiestan un descontento estructural que más temprano que tarde habrá de (re)presentar una alternativa efectiva.

Por todo esto, aun cuando la matriz moderna nos condicione la percepción, asistimos a la evidente irrupción de una nueva esfera pública y a un nuevo concepto de lo político. Medir esta mutación, como se suele hacer, por la efectividad revolucionaria de Facebook o por los seguidores de Obama en Twitter, es una simplificación, cuando no una descalificación, más cerca del prejuicio y el desconocimiento que de un censo de lo real, en el sentido que Hannah Arendt concebía a lo real, como la aparición y el registro del otro.

El link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-180678-2011-11-07.html

F.P

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