GRAMATICAS EPOCALES VIII

Anfibiedad

Después de lo expuesto hasta el momento, ¿podemos seguir hablando de historia —y de tiempo— en el sentido clásico cuando se adopta una cosmovisión regida por una estructuralidad abierta y transversal como “La esfera de Pascal”, donde todo es circular y omnipresente? ¿Podemos pedirle a los “movimientos sociales difusos”, en tanto que expresión política de la nueva cosmovisión, que presenten una alternativa que compita por un espacio en la estructura arbórea? Si la adopción de una nueva cosmovisión implica un proceso de subjetivación diferente, ¿cómo es la nueva subjetividad? ¿Cómo se resuelve el desfasaje que existe entre la institucionalidad inercial y el sujeto que está produciendo la nueva subjetivación social? En otras palabras: ¿A qué sujeto —si es que podemos seguir llamándolo de esa manera— le da clases la escuela?, ¿a quién acuesta en el diván un psicoanalista de la segunda década del siglo XXI?, ¿en qué electorado piensa la política actual? Si el acceso masivo al conocimiento ha empoderado al vulgo (oi polloi) y lo ha dotado de un saber calificado, ¿en torno a qué obrero se piensa en la empresa actual?

Somos seres anfibios que permanentemente entran y salen de dos mundos, de dos planos de funcionamiento. Un mundo sostenido por convenciones, prácticas inerciales y presupuestos conceptuales que remiten a modelos de interpretación todavía dominantes, pero en default. Y otro emergente, urgido por la necesidad de objetivar e institucionalizar una alternativa que hasta ahora sólo tiene como referencia lo que ya no quiere y se ha vuelto ineluctablemente disfuncional. En otras palabras: somos testigos anche protagonistas— del traspaso de un mundo viejo y agotado, que se sostiene de pie más por la intimidación que produce su caída, que por lo que efectivamente entraña esa caída; y otro nuevo que irrumpe por el desmoronamiento de una cosmovisión a la que ya no le alcanzan las respuestas religiosas ni seculares frente a una voluntad colectiva irrefrenable que busca y propone otra manera de vivir. Cada uno, según su procedencia, entra en contradicción con uno de esos mundos. El nativo digital, que nació y se crió en el ambiente de la extraterritorialidad “donde fines y medios, objetivos e ideas, conductas, acciones y pasiones, e incluso sueños y deseos están técnicamente articulados y tienen necesidad de la técnica para expresarse” (Galimberti, 2001) entra en contradicción cuando lo hacen vivir cinco horas diarias de su vida en una escuela que reproduce ambientes y escenarios del pasado (Barbero, 2007); por su parte, el inmigrante digital, que se formó en la matriz experiencial de una modernidad todavía vigente, entra en contradicción cuando lo hacen interactuar con un modus operandi en el que sus acciones racionales quedan todo el tiempo en orsai: donde lo profundo se ha trocado por lo extenso, donde lo que era ilegal se ha vuelto normal (Casciari, 2011), donde la copia puede valer más que el original (Borges, 1944; Alemán, 2010). Es una inercia exigente, y por cierto no exenta de psicosis. Implica interactuar permanentemente con dos lógicas diferentes que cada vez tienen menos posibilidad de conciliación. El increscendo factual de esta tensión, lamentablemente hace que el que no logra una anfibiedad básica se vaya anacronizando, sin más remedio que refugiarse en la interacción con el mundo que coinciden sus creencias y sus experiencias de vida (Baricco, 2008).

De cara a este escenario, quienes abundamos en las circunvoluciones de las ciencias humanas y sociales, evidentemente estamos frente a un desafío importante. Necesitamos abordar un nuevo mundo de la vida que 1] desafía nuestra capacidad de interpretación (Habermas, 2010), en tanto que no puede ser “leída” con los dispositivos de lectura que corresponden a una “visión” del mundo envejecida; 2] pero que aún se mantiene vigente. El nuevo mundo de la vida —como hemos visto— está lo suficientemente extendido como para orientar dinámicamente la acción cotidiana de una población cada vez más global y cada vez más numerosa. Tiene su propia eticidad, sus propias estructuras cognitivas, sus propios componentes expresivos (Habermas, 2010; Himanen, 2003). Estamos compelidos, pues, a descifrar lo que expresa ese nuevo mundo de la vida y, como todos los actores sociales, a redefinir el rol que nos cabe frente a un cambio epocal que ofrece indicios para ser interpretado como un proceso de emancipación colectiva y de construcción colaborativa sin precedente (Rheingold, 2004; Shirky, 2009; Rancière, 2000, 2007, 2010). [Continuará]

F.P.

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