Siglo XXI: ¿optimismo o pesimismo?
El ingreso al siglo XXI no nos deparó la atmósfera oscura y lluviosa de Blade Runner ni el espeluznante mundo en el que se desarrolla el argumento de Yo robot[1]. El mundo no refleja la desesperanza que anunciaba el cine ni el que auguraba en forma monolítica la filosofía moderna. Tampoco, por cierto, el que soñaron los utópicos. Pero digamos que así como no se puede ser demasiado optimista sin cierta cuota de intrepidez, del mismo modo no se puede sostener el relato heideggeriano que presentaba a la ciencia y a la técnica como el causante de nuestro alejamiento del Ser y de una cierta perdición humana, sin caer en simplificaciones —a esta altura— irresponsables. Por supuesto que hay mucha gente que no se acerca al territorio de la duda y está convencida de que el Apocalipsis nos espera a la vuelta de la esquina, o quienes habiendo leído apresuradamente las siete profecías Mayas argumentan “científicamente”, que lo peor está por venir. Contradecirlos no es tarea fácil porque el registro en el que habitualmente se comprueba el devenir está hecho a la medida de lo que podemos ver y oír; basta con levantarse a la mañana y escuchar dos minutos de noticias para suponer que somos habitantes del mismísimo infierno. Frente a este escenario podemos hacernos eco de los agoreros que decretan la decadencia de occidente y, sin más, esperar el fin que inexorablemente viene por nosotros; podemos seguir adelante como hizo la tradición secular, confiando en la capacidad de la razón para someter y descifrar uno a uno los misterios que se nos crucen en el camino, incluido el futuro que venimos empeñando; o podemos, en cambio, como contemporáneos del nacimiento del tercer milenio, preguntarnos por la índole de nuestro presente y en ese contexto insistir con una vieja pregunta que diariamente renueva su vigencia: ¿cuál es el sentido humano y social en un contexto de cambios como el que nos toca vivir? Si la política, la economía, la religión, el conocimiento y la comunicación son cinceles que esculpen nuestra subjetividad tanto como los vínculos interpersonales en que nos prolongamos, y hoy cada una de esas expresiones sociales se resignifican a un ritmo vertiginoso, ¿nuestro estar en el mundo puede reproducir el sentido que tuvo la vida para nuestros abuelos, nuestros padres e incluso para nosotros mismos si nos miramos en perspectiva?
Quienes crean en Dios, en las Profecías Mayas, o en la razón, tendrán el resguardo de la fe. En este blog preferimos abundar en las variables de estas y otras preguntas que nos ayuden a transitar el presente que nos tocó en suerte; pues aún cuando lo conocido sigue siendo el lugar más cómodo para guarecerse, a nadie le pasa desapercibido que las creencias, las prácticas sociales, las habilidades, las respuestas científicas y las referencias históricas que hasta hace poco alcanzaban para tener razón o encontrar un sentido, han perdido su capacidad para explicar y responder satisfactoriamente las demandas de una época nueva que no ha pedido permiso y se ha inmiscuido en los intersticios más recónditos de la vida cotidiana, obligándonos a decodificaciones permanentes y a lidiar con lógicas discontinuas que hasta el momento han podido ser asimiladas y aplicadas más rápidamente por el saber informal que por la expertís académica. Ese defasaje entre las nuevas prácticas sociales y el modo en que se las interpretan y asimilan institucionalmente, es lo que convalida y actualiza nuestra pregunta. Como sujetos históricos que somos, relativos a una historia y a una realidad que incluye al resto de los humanos, no podemos dejar de mirar a nuestro alrededor y hacernos preguntas para tratar de comprender lo que pasa y nos pasa.
En los tiempos que corren, sostener que hay un sujeto histórico, sabemos, le provoca urticaria a más de uno. Semejante afirmación seguramente merece la impugnación de quienes entienden la contemporaneidad como un tiempo posthumano, posmoderno y poscolonial en el que ya no habría lugar para la idea de sujeto y de historia. Para ellos, sin negar la validez de muchos de sus argumentos, esgrimidos —según percibo— con más razón que entendimiento, vamos a hacer nuestros los argumentos que utilizó León Rozitchner tras la caída del muro de Berlín, cuando con premura se decretó el fin de la historia y lo colectivo parecía condenado a naufragar frente a los imperativos de una idea del mundo que —según decían— triunfaba por la fuerza del sentido común antes que por la coerción de un sistema. Fue el momento en que el capitalismo pasó a ser considerado como un sinónimo de nuestra naturaleza, la más acabada expresión social de la irreductible condición humana. Como León, reconocemos que la “perspectiva histórica” efectivamente es relativa a la conciencia moderna y a una idea de sujeto que sin lugar a dudas se ha resignificado, pero ¿por qué negar lo que tiene de vigencia: el de abrirnos el tejido de una trama constitutiva que hasta el siglo XIX permanecía encriptada y desdibujada? La “perspectiva histórica” fue lo que nos permitió tener panorama, vernos en relación a un contexto, unir lo más próximo, eso en lo que estamos metidos, con lo más distante, tanto de aquello que provenimos y somos el resultado como de aquello que siendo contemporáneo se nos presenta como ajeno[2]. Esa trama revelaba los modos en que se organiza el sentido imperante y el de nuestras vidas, más allá de nuestra voluntad, como un producido social. Ese saber desdeñado hizo posible que en el siglo XIX las relaciones sociales se hicieran conscientes de sí mismas y que surgiera una dimensión política diferente, a partir de lo cual ingresaban en escena una serie de nuevos actores sociales que hasta ese momento formaban parte del sistema, pero sin reconocimiento. Esta situación social no tardó en generar expectativas sobre el potencial transformador de una voluntad colectiva que podía asumir un rol histórico y protagonizar grandes cambios. No hace falta aclarar que las expectativas fueron desmedidas y que la diferencia entre lo que se consideraba un derecho inalienable y las posibilidades ciertas que tenía el status quo de asimilar los cambios que implicaban tales derechos, fue cruenta y aleccionadora, internalizando en cada uno el terror necesario como para saber que cualquier orden que provenga del poder —entendido como el poder de dar muerte— es también una amenaza de muerte en suspenso. Pero aún cuando el ser humano escarmienta y aprende, el descompás constitutivo de la conciencia humana que hay entre el deseo y la posibilidad, hace que no podamos dejar de soñar. “Cada uno lleva una promesa materna de acogimiento que no puede ser frustrada definitivamente, porque vuelve a renacer con cada niño que se hace hombre. Esas relaciones sociales anteriores, las más entrañables, están dibujadas como posibles aún en lo que la economía disuelve y pareciera negarlas: persisten en el propio cuerpo. Es el sueño eterno de los hombres”[3]. Con insuperable belleza, León Rozitchner nos ayuda a decir que aún cuando el mundo no sea el que podría ser, nuestro deseo de transformarlo y convertirlo en un lugar más acorde a nuestras expectativas no se agota, porque ese deseo nos constituye. Y si bien el mundo está lejos de ser un solaz, la historia se ha encargando de desmentir su defunción. Por eso cuando nos reconocemos como sujetos históricos, no sólo estamos incluyendo nuestras biografías en una trama epocal, también estamos dándonos la posibilidad de interpelar un tiempo, nuestro tiempo, que se encuentra en un período de gran reformulación. Es nuestra paradoja insalvable, nuestro pathos: preguntamos por lo que pasa y nos pasa, a la vez, como testigos, protagonistas y hacedores de nuestro destino.
F.P.
[1] La película Yo robot de Alex Proyas, lleva el nombre de una serie de relatos de Isaac Asimov, pero está basada en otra obra del autor, Caliban, cuyo planteo es aún más oscuro y adverso.
[2] Conciencia política y Subjetividad histórica. León Rozitchner, Socialismo, ¿anarquismo o futuro? Estela Leonardi Editora, Buenos Aires, 1993. Pag. 25
[3] Ibid, pag. 34