Los movimientos sociales difusos
Hace unos días atrás, más precisamente el sábado 21 de enero, y a partir de la creciente importancia que adquieren las nuevas tecnologías en el escenario político internacional, la Revista Ñ publicó una nota mía sobre los llamados “movimientos sociales difusos” y una entrevista que le hice sobre el mismo tema al filósofo y activista del Movimiento de los Indignados, Amador Fernández Savater. Por razones lógicas de espacio, ambas notas tuvieron que ser editadas (esto es: recortadas), y si bien en la edición no se perdió de vista lo sustancial ni mucho menos, en la versión original había algunos subtítulos y una mención a las reflexiones que la filosofía política viene haciendo en torno a “lo común” que es importante retener. A continuación vamos a dar a conocer la versión completa de la nota cuyo título original era Anonymous, o el concepto político de los movimientos sociales difusos y, en lo sucesivo, también vamos a publicar la entrevista completa a Amador Fernández Savater, no tanto por las respuestas, que son prácticamente las mismas, sino por las preguntas, que tenían un planteo y una contextualización que no se pudo conservar en la versión publicada por Ñ. También iré publicando algunos agregados e interrogantes que el tránsito de ambas notas me fueron dejando.
Anonymous, o el concepto político de los movimientos sociales difusos
El ingreso al siglo XXI nos deparaba el agotamiento de una episteme política. El concepto político que gravitó gran parte de la vida moderna, para sorpresa de muchos, tenía fecha de vencimiento. Las prácticas construidas sobre la tensión amigo-enemigo que constituían a lo político, comenzaron a ser desestimadas por aisladas, restrictivas e ineficientes. Categorías como “partido”, “lucha de clases”, “ideología”, “utopía” y “proletariado”, se volvieron inactuales y se usan más por la inercia de una época anochecida que por la fuerza de su vigencia. En ese contexto, en el momento más crítico de la representación y el de mayor subordinación de la política a manos del capital financiero, prorrumpe una diversidad de manifestaciones que alteran el escenario mundial. Expresiones políticas tan disímiles como las autocracias árabes, las democracias europeas, Rusia y EEUU, se vuelven igualmente impotentes frente a colectivos con identidades y objetivos difusos que, montados sobre tecnologías interactivas de acceso masivo, dicen al unísono: “no nos representan” y “somos el 99%”. Sus protagonistas, igualados por la careta de Anonymous (adoptada del cómic V de Vendetta) recorren el mundo como una reformulación de otros fantasmas, mientras twittean: “2011 quedará en la historia como el año en que redefinimos la política”.
¿Qué son los movimientos sociales difusos? ¿Fue una aparición súbita e imprevisible o había indicios y no se pudo controlar? ¿Cuál es su poder real de afectación? ¿En qué medida redefinen la política? ¿Cuál es su proyección?
La irrupción
En diciembre de 2011, la revista Time distinguió con su ya célebre “personaje del año” a The protester. La tapa muestra a un sujeto anónimo, con el rostro tapado. Es el protagonista de los acontecimientos que van de Túnez y Atenas a Madrid, Wall Street y Moscú. Un año antes, el joven tunecino Mohamed Bouazizi se quemaba a lo bonzo por las condiciones económicas y el trato recibido por la policía. No era la primera inmolación pública en Túnez. La diferencia la marcó un grupo de jóvenes que, tras su muerte, subió a internet la desgarradora protesta de la madre. Esa misma noche, en solidaridad, miles de manifestantes salieron a las calles autoconvocados a través de las redes sociales bajo una consigna reveladora: “una piedra en una mano y un teléfono móvil en la otra”. De ese modo, sobre la concurrencia de la comunicación y el dolor, comenzaba la Primavera Arabe y un efecto dominó que, como sabemos, se extendería con suerte diversa a Egipto, Argelia, Mauritania, Jordania, Siria, Libia, Yemen, y hasta el pequeño estado insular de Baréin. Los analistas decían que se trataba de un conflicto circunscripto al mundo árabe. Occidente todavía estaba lejos de ver en esos estallidos contagiosos el germen de un colapso mayor. Seguía considerándose un remoto espectador de las revueltas que desde siempre habían caracterizado a Medio Oriente, y con costumbroso desdén, decía: “son las aspiraciones democráticas lógicas que engendran las autocracias”, “nosotros somos el modelo”. Como si la filiación en la tradición republicana fuera garantía de inmunidad. Pero nadie estaba a salvo de la pandemia.
Los indicios
Existían referencias inquietantes, que junto a las disquisiciones en tornos a lo común que la filosofía política venía haciendo desde hace más de una década, podrían haber funcionado como una doble advertencia: de la conformación de un nuevo actor social y de un cambio cardinal en la concepción política. Los antecedentes, además, daban a entender que los regímenes totalitarios no eran los únicos que podían ser afectados por esta hidra de mil cabezas. Las democracias liberales también estaban incluidas. Bastaba con recordar “la manifestación de los celulares” que en dos días, tras los sucesos de Atocha, le había arrebatado la segura presidencia de Mariano Rajoy en 2004; o las revueltas que en 2009, fogoneadas desde las redes sociales, hicieron tambalear a Moldavia e Irán. Pero no se dimensionó la vulnerabilidad de los estados en general, independientemente de sus regímenes jurídicos, frente a estas intervenciones públicas. Los rasgos distintivos de su poder de afectación: 1) no presentan líderes ni autores definidos, 2) no quieren asaltar el poder, 3) trascienden los gentilicios nacionales para darse una pertenencia mayor; 4) logran una exposición internacional de los conflictos que condiciona las reacciones. La urgencia periodística, en medio de una crisis económica mundial que demanda respuestas, los exaltó y minimizó con la misma irresponsabilidad. Pero no hay elementos suficientes para pronunciarse. Tenemos, sí, algunos datos significativos. Hay una activa red de “indignados” que abarca casi toda Europa, el movimiento Occupy Wall Street se ha multiplicado por todo EEUU, y junto a otros colectivos, el 15 de octubre (15-O) realizaron la primera manifestación global de la historia, con un millón de personas en las calles de 1000 ciudades del mundo y varios millones más expresándose en las redes sociales a través de hashtags (etiquetas) tan sugerentes como: #globalrevolution, #globalchange y #WorldwideProtests. En este sentido, es la primera vez desde la caída del muro de Berlín, que surge un antagonismo potencialmente equivalente a la hegemonía neoliberal. Es decir, es la primera vez que la lógica que convirtió a la política en una práctica subalterna del capital financiero y a los gobiernos nacionales en meros gerenciadores interinos, se enfrenta a una presencia tan difusa y elusiva como la suya.
¿Sociedad de control?
La sociedad de control, contra todos los pronósticos, habilitó el acceso masivo a un instrumental altamente interactivo, hiriendo de muerte su propio dispositivo de dominio (¿o son las reglas del capital que lo vuelven irrefrenablemente voraz y suicida?) La interacción, mientras muchos todavía dudan de la dimensión política de las Nuevas Tecnologías, posibilitó: 1) dimensionar y difundir las consecuencias sociales del capitalismo financiero; 2) reconocer interlocutores fuera de los circuitos tradicionales y más allá de las fronteras nacionales y culturales; 3) descubrir que ya no hay minorías, sino muchos que comparten intereses, objetivos, sueños y dolores con muchos; 4) experimentar una temporalidad y una espacialidad diferentes; 5) una nueva morfología en las relaciones sociales; 6) explorar variantes de un nuevo poder colectivo. Fue, por lo tanto, el acceso a una trama histórica común que permanecía encriptada, desafectada, despolitizada y desdibujada. La recuperación de esa perspectiva permitió tener panorama, que cada uno se pueda ver en relación a un contexto, unir lo más próximo con aquello que por distante, no deja de pertenecernos.
Las palabras y las cosas
Cuando se cumplían 10 años del Mayo Francés, le pidieron a Foucault que hiciera una evaluación de los años sesenta. Dijo que aquello había producido cambios en relación a un conjunto de sistematizaciones filosóficas, teóricas y culturales, pero aún cuando las «cosas» estaban a punto de disociarse, faltó un vocabulario apropiado para expresarlo. Algo de eso vivimos hoy. Las categorías interpretativas y las referencias conceptuales que manejamos se vuelven inactuales frente a un desarrollo cultural amplio, que se desmarca permanentemente. Mientras se escribe esta nota, por ejemplo, caducan o se reformulan conceptos tan explicativos como cultura, vanguardia, profundidad, conocimiento, humanismo; y emergen otros con una fuerte carga simbólica que hablan de aprendizaje colaborativo, asamblea global, extensión, inteligencia colectiva, extimidad, sujeto multitudinario, cooperación social, comunidad abierta, convergencia, coalición de voluntades, ética hacker y transmediación. No sólo asistimos al final de una configuración política, también asistimos al final de una época y por lo tanto al comienzo de una nueva que plantea sus propios interrogantes. Este momento de vacilación, que llevado por el pensamiento tradicional podría leerse como anomia o decadencia, también ofrece indicios para ser pensado y nombrado de otro modo.
Cultura colaborativa
La cultura emergente tiene una fuerte impronta colaborativa, horizontal, solidaria, creativa, pragmática, celebrativa y emprendedora. Contra la dialéctica iluminista, asume al planeta como su hábitat, llevándola a ocuparse del medio ambiente con la misma responsabilidad que asume lo común de esa nueva res-pública. Es decir, se podría pensar como un activo proceso de emancipación contracultural en el que grupos e individuos deciden prescindir de las respuestas menesterosas (espirituales, materiales, institucionales y políticas) que descienden de las élites, para generar las suyas. ¿Su procedimiento? Recusar el status quo de un modo impreciso pero aglutinante, diciendo: “sabemos lo que no queremos”. Es una desclasificación masiva de identidades impuestas y cristalizadas con el afán de vivir más satisfactoriamente. Por eso rechazan lo ideológico, porque es un pensamiento de ideas concluyentes y enemigos continuos. La ideología, como dice Amador Savater, reparte el mundo en un esquema binario y blindado, con un “nosotros” en el que no entran todos ni cualquiera. Se prefieren las acciones paradójicas, lejos de los dualismos cerrados. Pensar como se vive: en procesos subjetivos y sociales discontinuos y abiertos. Son damnificados de una lógica extensa y opresiva que recogen memorias anteriores, desde los zapatistas, los Sin Tierra y las ONGs, hasta el Foro Social y las contracumbres. Por eso su interés está puesto en “hacer la sociedad” antes que en “hacer política”, porque –como anticipadamente decía Tilman Evers– su medida de la realización no está en el poder.
Los nuevos movimientos sociales, emprendieron su propio camino y a medida que avanzan verifican su poder y aprenden de sí mismos (en este sentido, la rejerarquización de la política en los gobiernos suramericanos, forma parte del mismo proceso, en tanto que fueron víctimas anticipadas de la expoliación y los primeros desengañados). Esto no quiere decir que estemos viviendo una revolución, tampoco que vayamos a ver el desenlace. Para que las instituciones de la modernidad tomaran forma más o menos definitiva pasaron varias centurias. Es, en todo caso, “un proceso necesariamente abierto, embrionario, discontinuo y permeado de contradicciones” del que ya formamos parte.
Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Movimientos-sociales-2011-Wall-Street-Tunez-Madrid_0_631736832.html
F.P.
Un movimiento de todos y de nadie
Link a la entrevista que le hice a Amador Savater sobre los llamados “movimientos sociales difusos” o “movimientos sociales que no son movimientos sociales”, y que fue como complemento de la nota que posteamos anteriormente. Amador es un pensador agudo, creativo y arriesgado. Vale la pena debatir con él.
Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/movimientos-sociales-15-M_0_631736833.html
F.P.
El 15.O: La primera manifestación global de la historia
En el día de ayer, el diario Página/12 publicó una nota mía sobre el 15.O. Son los primeros pensamientos escritos en claliente sobre un tema que vengo trabajando hace tiempo en sus diferentes variantes expresivas: políticas, económicas, sociales, culturales, filosóficas, etc. Comparto con ustedes la nota completa
La primera manifestación global
El sábado pasado, algo más de un millón de personas de mil ciudades de todo el mundo salieron a las calles de manera pacífica y coordinada para manifestar por un cambio global. No existen antecedentes de una protesta tan extensa y tan cosmopolita, en la que haya confluido gente de sistemas de gobierno, culturas y sitios tan diversos como el mundo árabe, Europa, Rusia, China, Japón, Australia, Estados Unidos y Latinoamérica. Bajo el lema We are the 99% (“Somos el 99%”) y comunicados a través de Twitter con hashtags tan significativos como #globalrevolution, #globalchange y #WorldwideProtests, estos “ciudadanos del mundo” protestaron contra la desigualdad política, el daño medio-ambiental y el atropello financiero. Como sucedió en la Primavera Arabe, y más tarde en España, Grecia, Italia, Inglaterra y EE.UU., la primera manifestación global de la historia fue convocada a través de Internet y las redes sociales, sin líderes ni identificación partidaria, sólo con consignas elocuentes: “No somos antisistema, el sistema es antinosotros”, “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”, “Toman decisiones sobre nosotros, pero sin nosotros”, “Ellos, la crisis; nosotros, la alternativa”, “Unidos para el cambio global”.
Cuando en enero de este año comenzaron en Túnez las protestas que después se extenderían a Egipto y la mayoría de los países árabes, la autorreferencialidad accidental hizo que muchos pensaran que se trataba del malestar producido por los regímenes autocráticos. Más tarde, cuando brotaron los “indignados” en España, Grecia e Italia, muchos redujeron las protestas a la crisis financiera. No vieron en esas sublevaciones la emergencia de un malestar mayor, que no tardaría en dialogar con los estudiantes chilenos, las revueltas de Inglaterra, el movimiento A Ocupar Wall Street y experiencias tan disímiles como las que se viven en Hong Kong, Frankfurt, Sydney, Ginebra, Tokio y Bruselas. Todas estas manifestaciones, más allá de las particularidades propias de cada lugar, exceden el malestar económico y político, que obviamente existe: “No es crisis, es estafa”, “Me sobra mes al final del salario”, “Votar es elegir en secreto quién te robará públicamente”, “Democracia, me gustas porque estás como ausente”. Lo que está en crisis es una cosmovisión y sus derivaciones culturales. Esto que muchos llaman “irrupción” tiene, sin embargo, varios antecedentes. La Contracumbre de Seattle (1999), el Foro Social Mundial de Porto Alegre (2001), la Contracumbre del G-8 en Génova (2001), las protestas en Davos contra el Foro Económico Mundial (2003), tanto como las protestas por los fracasos en la Cumbre Mundial sobre Cambio Climático de Copenhague (2009), construyeron la conciencia y el camino del 15.O. Pero ninguna de estas expresiones fue escuchada, como tampoco se recogió el perverso precedente de la Argentina, ni las políticas económicas con que se logró revertir la crisis.
El 15.O es un movimiento global protagonizado por gente de diferentes filiaciones, pero se declara autónoma: sin filiación, sin jerarquía, ni liderazgo. No es casual, por ejemplo, que en la mayoría de las manifestaciones haya aparecido la máscara de Anonymous (adoptada del comic V de Vendetta). La presencia multiplicada de esa máscara representa a ciudadanos de a pie actuando de manera pública y coordinada frente a objetivos acordados en forma asamblearia –fundamentalmente– a través de las redes sociales. Hablamos, pues, del surgimiento de una nueva dimensión política con un fuerte tono interpelador; de un dispositivo de implicación horizontal que, por experiencia histórica, desestima la obediencia y busca el consenso. Este carácter epocal está en sintonía con la actividad que llevan adelante organizaciones colaborativas como Wikipedia y Wikileaks; de fundaciones internacionales como Avina, Endeavor y Ashoka; de la proliferación de TEDx bajo el lema Ideas Worth Spreading (“Ideas que vale la pena difundir”); de colectivos como la Red Internacional de Comercio Justo y Slow Food; de los microcréditos generados por el banquero de Bangladesh Muhammad Yunus; de prácticas comerciales basadas en la confianza como las que instalaron eBay, MercadoLibre, DeRemate y Craigslist, rompiendo con el modelo de negocios competitivo, en el que uno gana y los demás pierden; del concepto de universidad implementado por la Fundación Mozilla Firefox en la Peer-to-Peer University; de la protección ambiental que buscan investigadores argentinos como Nancy Lis García, Silvia Goyanes y Mirta Aranguren (UBA y UNMdP), con el desarrollo de plástico biodegradable a base de almidón de mandioca y maíz. Nada de esto, a su vez, está lejos de lo que registran investigadores como Howard Rheingold, Clay Shirky, Sir Ken Robinson, Henry Jenkins, Pierre Lévy, Dan Dennett, Jane McGonigal y Dave Meslin, por citar algunos.
Estas miradas alternativas están conformando un sujeto político de alcance global que aún resulta muy difícil aprehender. Mientras tanto, así como la Gran Rateada sirvió para que miles de estudiantes verificaran una capacidad organizativa y un potencial político nada despreciables, el 15.O sirvió para que los “ciudadanos del mundo” reconozcan la capacidad que en la actualidad tiene la construcción de muchos con muchos.
Link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-179049-2011-10-17.html
F.P.
Inteligentes opiniones de Thomas Coutrot sobre los indignados
En el día de hoy el diario Página/12, publica una entrevista a Thomas Coutrot sobre el movimiento mundial de “los indignados”. Compartimos con ustedes la entrevista que le hizo el periodista Eduardo Febro [el resaltado en las respuesta, es nuestro]
La paradoja con los indignados
Hace diez años, Bin Laden y su socio carnal, el ex presidente norteamericano George W. Bush, globalizaron el terrorismo de masa y la represión a escala mundial. El Plan Cóndor aplicado al universo. Exactamente una década después, el movimiento de los indignados globalizó la protesta social y el hartazgo ante un modelo de depredación social, de abuso y de consumo cuyo control está reservado a una elite violenta e impune. Las protestas que sacaron a la calle a decenas de miles de personas en el mundo vienen a darle cuerpo a una corriente moral y política cuyos precursores llevan años proponiendo modelos alternativos al sistema de destrucción neoliberal. Si Sthéphane Hessel y su libro Indígnense logró aunar a un planeta indignado, hay autores cuyos ensayos ya contenían muchas de las consignas que ahora se escuchan en las calles del mundo. El economista francés Thomas Coutrot es uno de ellos. En 2005 publicó un libro que está en el corazón de la crítica formulada por los indignados: Democracia contra capitalismo. En 2010 salió otra obra que representa muy bien la esencia de lo que los indignados reclaman en París, Londres, Nueva York, San Pablo, Tel Aviv o Berlín: Terrenos para un mundo posible: volver a darle raíces a la democracia. Economista y estadístico, vicepresidente de la ong Attac desde 2009, miembro de la Red de alerta sobre las desigualdades, Thomas Coutrot rescata un hecho central en la emergencia de esta revuelta globalizada: ante el agotamiento del modelo capitalista y neoliberal y el descrédito de los dirigentes políticos, los pueblos salen a la calle y encarnan así una suerte de retorno a la raíz de la democracia. Para Coutrot, la sublevación del mundo occidental no hubiese sido posible sin las revoluciones árabes que las precedieron.
–Para usted, el movimiento de los indignados significa un retorno a las fuentes de la democracia. Pero hasta ahora los responsables políticos del planeta hacen oídos sordos a los reclamos de este movimiento mundial.
–El retorno a las fuentes de la democracia significa la intervención del pueblo. Es entonces casi normal que los dirigentes políticos se hagan los sordos porque no están de acuerdo con ello. Consideran que son los representantes del pueblo y que, por consiguiente, les corresponde a ellos gestionar los asuntos del pueblo. De hecho, los dirigentes políticos no quieren ver que en el movimiento actual hay una crítica fundamental contra el sistema tal y como funciona hoy. Será necesario mucho tiempo y mucho trabajo para que la clase política acepte ver que su papel ha sido puesto en tela de juicio. Por eso, lo esencial de todo esto no está tanto en la crítica al sistema financiero. Esto no es nuevo. Lo novedoso está precisamente en la crítica radical de la representación política, ese grito mundial que dice “¡ustedes no nos representan!”. La gente está diciendo: no es porque votamos por ustedes que van a hacer lo que les da la gana entre dos elecciones en contra de nuestra opinión. Esa es la innovación fundamental. El reclamo de un retorno a las fuentes de la democracia, a la democracia real, es histórico.
–Muchos analistas critican a los indignados porque carecen de líderes visibles. Ese no es su análisis.
–No, desde luego. Hay que ver esto desde una perspectiva histórica. Estamos recién al comienzo de una crisis muy profunda, una crisis a la vez del sistema capitalista y, más fundamentalmente, del modo de civilización y del llamado capitalismo parlamentario. Este capitalismo parlamentario está en una fase terminal y el movimiento de los indignados, que tiene resonancia mundial, es uno de los primeros signos que la sociedad está emitiendo. Las sociedades humanas están trabajando, creando alternativas para un modelo democrático que está agotado. No se trata entonces de un movimiento coyuntural que se vaya a apagar así nomás, o que se calmará con la próxima reactivación económica. Hay que verlo en una perspectiva más amplia, es decir, cara a los próximos diez años.
–Esto equivale a decir que la reprobación actual va más allá del confort y de un hipotético crecimiento recuperado o de la recuperación de la actividad económica.
–Sí, desde luego. Vemos muy bien que lo que está en tela de juicio es mucho más fundamental que la dominación de la finanza y que la misma dominación de la clase política. Lo que está en tela de juicio es un modo de desarrollo basado en el enriquecimiento permanente y el crecimiento constante, independientemente de toda finalidad humana. Por eso creo que este movimiento, que explota en plena crisis del modelo democrático, está llamado a madurar en los próximos años.
–Lo que vemos hoy es, de hecho, la explosión de todo un conjunto de ideas e iniciativas que ya estaban postuladas desde hace tiempo, tanto en el tercer mundo como en los países emergentes, en las comunidades indígenas. Esos discursos penetraron las democracias occidentales.
–Sí, es cierto. En el seno del movimiento alter mundialista ya se veía la emergencia de estos componentes así como la crítica radical del modelo de desarrollo, no sólo capitalista sino también occidental. Este modelo se caracteriza por estar basado únicamente en el bienestar material, independientemente de los valores y de la solidaridad. Hoy, ese movimiento ha logrado desarrollar sus críticas en el mismo corazón de Europa.
–¿Acaso el sistema capitalista no llegó ya al final de su propia barbarie social?
–No creo que haya llegado al final, pienso que aún tenemos para un rato y que todavía veremos desarrollos terribles. La crisis económica y social no se acabó. Aún no llegamos al final de la barbarie social. Me temo que lo que viene será muy feo con, por ejemplo, el desencadenamiento de los nacionalismos y el desgarramiento entre las naciones. Ya vemos hoy el ascenso de las tensiones dentro de la misma Europa, entre Estados Unidos y Europa, entre la China y Estados Unidos. Las rivalidades se afilan. Las elites intentarán prolongar su dominación, buscarán legitimarla recurriendo como siempre a un enemigo exterior, al nacionalismo. Sin embargo, la emergencia de un movimiento mundial como el de los indignados es un signo de que lo peor no es una garantía. La acción de la sociedad civil puede ser un muro de contención. Estamos en una carrera mundial entre soluciones autoritarias, que implican la xenofobia y el repliegue sobre sí mismo, y, del otro lado, la afirmación de una sociedad civil internacional en torno a los valores de la democracia. Lo curioso es que estos valores son los valores oficiales de las elites. De allí el hecho de que el movimiento de los indignados sea a la vez poderoso y peligroso para las elites, porque reposa sobre la ideología oficial de las elites. Pero esas elites se han vuelto incapaces de preservar esos valores.
–Es una paradoja: se hace una suerte de Revolución en nombre de los valores de la elite dominante.
–Sí, esa es la gran paradoja de esta crisis y de este movimiento, que defiende los valores supremos de la sociedad. Las elites que se proclaman democráticas están renunciando a la democracia para preservar su dominación.
–Muchos indignados reconocen la influencia determinante que tuvieron las revoluciones árabes en la posterior revuelta occidental.
–Las revoluciones árabes fueron una chispa fundamental porque demostraron que, incluso las situaciones más bloqueadas, que incluso los regímenes menos democráticos en donde las elites lo tenían todo controlado, podían desembocar en una situación revolucionaria increíble e inesperada. Las revueltas árabes aportaron un aliento de esperanza, un impulso, una dinámica. El mundo se dio cuenta de que las elites dominaban porque nosotros permitíamos que dominen. Hacen lo que quieren porque nosotros las dejamos hacer y, además, a menudo votamos para que lo hagan. Las revoluciones árabes fueron un mensaje de esperanza y un llamado a la sublevación de los pueblos. Hoy, la gente ha renunciado a resignarse.
–Otra paradoja radica en el hecho de que Francia, el país de la Revolución por antonomasia, el país de donde es oriundo el autor del libro a través del cual se plasmó el movimiento –Indígnense, de Stéphane Hessel– sea en la actualidad el más pasivo, el menos movilizado.
–Se trata de una auténtica paradoja. Hay varias razones para explicar esto. Tal vez la primera sea el fracaso del movimiento social contra la reforma del sistema de jubilaciones impulsado por el presidente Nicolas Sarkozy. Fue un movimiento muy profundo y mayoritario en la sociedad, que no logró que el gobierno retrocediera con su reforma. Eso ha pesado mucho en la disponibilidad mental de los ciudadanos para emprender otra acción colectiva. También tenemos la campaña electoral en curso, que polariza mucho los debates y lleva a que mucha gente se diga: vamos a sacarnos de encima a Sarkozy y después ya veremos. El último elemento es el hecho de que Francia no conoce por el momento una ola de austeridad tan brutal como Grecia, España o Portugal. Las políticas de austeridad en Francia están muy por debajo de las aplicadas en otros países, incluso Gran Bretaña o los Estados Unidos. Estos factores explican por qué, por el momento, la población no se siente tan agredida como en otros países.
–Sorprendió el surgimiento de un movimiento social en la cuna del liberalismo: Estados Unidos.
–La crisis social es la consecuencia del ultraliberalismo más dogmático, pero fueron los ultraliberales quienes cristalizaron un movimiento de masa como el Tea Party. Ahora bien, el despertar del movimiento de los indignados en los Estados Unidos muestra que la sociedad civil democrática empieza a organizarse, a actuar, a plasmarse en un movimiento de masa y popular.
El link a la nota: http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/4-179164-2011-10-18.html
F.P.