Sobre el "deseo" democrático del mundo árabe, a propósito de una nota de Badiou
En una nota aparecida en Le Monde, el 18 de febrero de 2011, el filósofo francés Alain Badiou desestima la importancia que tiene la democracia para el pueblo egipcio. “Es oscurantista decir “este movimiento [el egipcio] reclama democracia” (…) La palabra ‘democracia’ apenas es pronunciada en Egipto. Se escucha hablar de ‘un nuevo Egipto’, de ‘el verdadero pueblo Egipcio’, de una asamblea constituyente, de cambios radicales en la vida de todos los días, de posibilidades inauditas y previamente desconocidas.”
Por supuesto que la “resonancia revolucionaria” de lo ocurrido en Egipto, para Badiou es la revelación de un acontecimiento. Pero más allá de si es o no un acontecimiento, me parece muy interesante la posibilidad de analizar lo que ocurre en medio oriente como un reclamo con características propias. Quienes ven en la movida del mundo árabe sólo un deseo democrático irrefrenable, ponen a occidente una vez más como la medida de todas las cosas, como si nuestra democracia fuera el mejor sistema de gobierno del mundo, como si los árabes no pudieran tener otro. Del mismo modo (des)califican de populistas a las democracias latinoamericanas que se separan del modelo neoliberal europeo.
Link a la versión francesa en http://www.lemonde.fr: “Tunisie, Egypte: quand un vent d’est balaie l’arrogance de l’Occident”, o traducido al español en:
Link a la traducción argentina en http://lahipotesiscomunista.blogspot.com: Alain Badiou “El alcance universal de los levantamientos populares”
F.P.
La metáfora arbórea II
La metáfora arbórea utilizada por Deleuze y Guattarí en Mil mesetas en 1980, entre otras cosas para hablar del rizoma, de alguna manera ya había sido utilizada por Jacques Derrida 14 años antes. Derrida la llamaba “estructuralidad de la estructura”, y fue en una conferencia pronunciada en el College international de la Universidad Johns Hopkins (Baltimore) sobre «Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre», el 21 de octubre de 1966 . Esa remisión permanente a un centro y a un origen -y por lo tanto a un tronco que ordena y estructura- ha sido muy cara a la historia de occidente. Las connotaciones políticas de esta idea, por cierto no son menores. Es lo que entiende Agamben cuando amplía las implicancias de “el estado de excepción” de Carl Schmidt. Su ubicuidad, evidentemente jerárquica, está presente en la idea del Primer Motor aristotélico que retomaría y aplicaría el cristianismo en la iglesia, y está presente en el soberano que reserva para sí el derecho de estar fuera de la ley. La función de este centro, entendido como “inmovilidad fundadora” es limitar el margen de juego de la estructura y de la idea misma de estructura, tanto que “todavía hoy una estructura privada de centro es impensable”[1]. La condición de centro es lo que justamente le permite escapar a la estructuralidad, ubicarse en una suerte de no-lugar[2], esto es, estar a la vez dentro y fuera de la estructura, sin perder su ascendiente. Por lo cual, todo, de una u otra manera, está atado a un sentido que proviene de allí. Esto hace, como bien dice Derrida, que cualquier arqueología incurra en la complicidad de un reduccionismo funcional a esa estructura. “La historia de la metafísica, como la historia de Occidente, sería la historia de esas metáforas y de esas metonimias (…) Se podría mostrar que todos los nombres del fundamento, del principio o del centro han designado siempre lo invariante de una presencia (eidos, arché, telos, energeia, ousía [esencia, existencia, sustancia, sujeto], aletheia, trascendentalidad, consciencia, Dios, hombre, etc.)”[3]. Sin embargo, Derrida en ese 1966 nos advierte sobre la irrupción de un “acontecimiento” que ha trastocado todo. No se trata de una novedad, lo presenta más bien como una reiteración y se cuida de hacer cualquier aseveración, prefiere comenzar su ensayo con la palabra “quizás”, en un evidente guiño a “La esfera de Pascal” de Borges, que empieza y termina con el mismo “quizás”, tal como para él debía plantearse un ensayo. La presencia del trabajo que Borges escribió en 1951 en este otro de 1966 es más que notable, es un homenaje, una influencia a la que Derrida que se entrega con agradecimiento. Borges, todo a lo largo del ensayo, que paradójicamente no supera las dos páginas, sólo realiza variaciones de una misma idea que pasó de mano en mano a lo largo de la historia y que él remonta hasta Jenófanes de Colofón, seis siglos antes de nuestra era. “Quizá la historia universal es la historia de unas cuantas metáforas”, comienza diciendo para después abundar en una misma idea: “Dios es una esfera inteligible, cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna”. Esa reiteración es la que inspira la precaución y la modestia en Derrida; lo que él advierte es la expresión de un reflejo antiguo y renovado quizás con cada uno de los hombres y mujeres que se han sucedido en la historia. Sólo una profunda univocidad pudo soportar el paso de tantas épocas y mantener sofocado el impulso de expresión de una condición anímica diferente, por así decirlo.
Fernando Peirone. Agradezco a Horacio Tubbia su generosidad intelectual, a él le debo esta lectura antojada
[1] “La estructura, el signo y el juego en el discurso de las ciencias humanas”, incluido en La escritura y la diferencia. Anthropos, Barcelona, 1989. Pag. 384
[2] No es para despreciar que Derrida haya hablado del centro como un “no-lugar” 26 años antes que el antropólogo Marc Augé presentara su Non-Lieux, introduction à une anthropologie de la surmodernité.
[3] Ibid. Pag. 385