José Pablo o la filosofía obtusa
Habitamos un tiempo y un mundo inquietantes. Muchos pensadores, sin embargo, no acusa recibo de esto, y en lugar de revisar sus paradigmas y la relación de las ciencias sociales con un objeto que les rehúye (ver posteos Paradigmas I y II en este mismo blog), entre los que claramente se encuentra el producido social de las nuevas tecnologías, optan por una actitud refractaria, más negadora que pensante. Un signo de esto es el filósofo José Pablo Feinmann, que en un intento bastante singular de adaptar a Marx, sentenció: “internet es el opio de los pueblos” [Canal Encuentro, 29/03/09, 16 hs.]. Anoche, después de varios meses, mientras hacía zapping, lo volví a cruzar en el buen Canal Encuentro, y para mi sorpresa comprobé que el filósofo José Pablo sigue igual, o mejor aún: peor, inmune a lo que ocurre a su alrededor. Me hace acordar esa máxima que solía citar graciosamente Paul Watzlawick en La realidad inventada: “si la realidad no me da la razón tanto peor para la realidad”. Anoche, en un recrudecimiento de cerrazón, tratando de explicar al sujeto sujetado, decía: “la televisión es una caja boba que dice pavadas, pavadas que nos distrae de lo que en realidad debemos pensar, que somos seres alienados, explotados e infelices. Cuando alguien llega del trabajo y prende el televisor está evadiéndose de pensar, no quiere reconocer quién es, y eso se soluciona apretando el botón y apagando la televisión”. Todo esto dicho muy suelto de cuerpo y en la propia televisión, claro está. Para él la televisión no es la posibilidad de solazarse después de un día en el que el mundo no ha cesado de bombardearnos con sus exigencias, para él el fútbol es un modo de desviar la atención de lo importante, para él somos todos idiotas, el único pensante es él. Sin embargo existe gente como Christian Ferrer, que a diferencia de él, ve en la televisión y en el confort de la época moderna una herramienta que no debe ser minimizada, “pues ha sido investida con la misión de resguardar a la personalidad de las inclemencias de la vida industrial y urbana, escenarios donde el sufrimiento opera como una suerte de ‘arma arrojadiza’, destinada a cualquiera” [Christian Ferrer, La curva pornográfica]. ¿No es eso más próximo a lo real, a lo que nos pasa al final del día cuando sólo queremos tirarnos frente a la tele y hacer zapping? ¿Eso nos vuelve seres no pensantes? ¿Eso nos hace víctimas irredemibles de la pavada?
Don José Pablo, acostumbrado a hacer jueguitos para una hinchada que lo vitorea desde Página/12 como a Bochini lo vitoreaban desde las tribunas del estadio Libertadores de América, no parece dispuesto a dudar de lo que sabe, mucho menos de sí mismo, su autoreferencia es un emblema del pensamiento blindado. Este es un mecanismo propio del prejuicio, el mismo que frente al surgimiento de “Cumbio”, prefiere subestimar antes que reconocer un inquietante emergente de la cultura flogger.
Todo esto no quiere decir, como ya hemos dicho en este Jengibre nuestro de cada día, y por si hiciera falta aclararlo, que los cientistas sociales deban perseguir histéricamente el último grito de la tecnología y estar al tanto de cada salto generacional de la técnica, porque además de ser imposible, no se trata de eso; pero tampoco de salir corriendo cuando escuchan todos estos nombres como si estuvieran frente a una manada de elefantes. Se trata, en todo caso, de asumir que los modos sociales que posibilitan las Nuevas Tecnologías interpelan a las sociedades de nuestro tiempo. En este contexto, la reflexión sobre la era digital no es una elección, es una necesidad.
Foto: el filoso filósofo José Pablo Feinmann bajándole el pulgar a los blogs
Fernando Peirone

José Pablo o la filosofía obtusa

Habitamos un tiempo y un mundo inquietantes. Muchos pensadores, sin embargo, no acusa recibo de esto, y en lugar de revisar sus paradigmas y la relación de las ciencias sociales con un objeto que les rehúye (ver posteos Paradigmas I y II en este mismo blog), entre los que claramente se encuentra el producido social de las nuevas tecnologías, optan por una actitud refractaria, más negadora que pensante. Un signo de esto es el filósofo José Pablo Feinmann, que en un intento bastante singular de adaptar a Marx, sentenció: “internet es el opio de los pueblos” [Canal Encuentro, 29/03/09, 16 hs.]. Anoche, después de varios meses, mientras hacía zapping, lo volví a cruzar en el buen Canal Encuentro, y para mi sorpresa comprobé que el filósofo José Pablo sigue igual, o mejor aún: peor, inmune a lo que ocurre a su alrededor. Me hace acordar esa máxima que solía citar graciosamente Paul Watzlawick en La realidad inventada: “si la realidad no me da la razón tanto peor para la realidad”. Anoche, en un recrudecimiento de cerrazón, tratando de explicar al sujeto sujetado, decía: “la televisión es una caja boba que dice pavadas, pavadas que nos distrae de lo que en realidad debemos pensar, que somos seres alienados, explotados e infelices. Cuando alguien llega del trabajo y prende el televisor está evadiéndose de pensar, no quiere reconocer quién es, y eso se soluciona apretando el botón y apagando la televisión”. Todo esto dicho muy suelto de cuerpo y en la propia televisión, claro está. Para él la televisión no es la posibilidad de solazarse después de un día en el que el mundo no ha cesado de bombardearnos con sus exigencias, para él el fútbol es un modo de desviar la atención de lo importante, para él somos todos idiotas, el único pensante es él. Sin embargo existe gente como Christian Ferrer, que a diferencia de él, ve en la televisión y en el confort de la época moderna una herramienta que no debe ser minimizada, “pues ha sido investida con la misión de resguardar a la personalidad de las inclemencias de la vida industrial y urbana, escenarios donde el sufrimiento opera como una suerte de ‘arma arrojadiza’, destinada a cualquiera” [Christian Ferrer, La curva pornográfica]. ¿No es eso más próximo a lo real, a lo que nos pasa al final del día cuando sólo queremos tirarnos frente a la tele y hacer zapping? ¿Eso nos vuelve seres no pensantes? ¿Eso nos hace víctimas irredemibles de la pavada?

Don José Pablo, acostumbrado a hacer jueguitos para una hinchada que lo vitorea desde Página/12 como a Bochini lo vitoreaban desde las tribunas del estadio Libertadores de América, no parece dispuesto a dudar de lo que sabe, mucho menos de sí mismo, su autoreferencia es un emblema del pensamiento blindado. Este es un mecanismo propio del prejuicio, el mismo que frente al surgimiento de “Cumbio”, prefiere subestimar antes que reconocer un inquietante emergente de la cultura flogger.

Todo esto no quiere decir, como ya hemos dicho en este Jengibre nuestro de cada día, y por si hiciera falta aclararlo, que los cientistas sociales deban perseguir histéricamente el último grito de la tecnología y estar al tanto de cada salto generacional de la técnica, porque además de ser imposible, no se trata de eso; pero tampoco de salir corriendo cuando escuchan todos estos nombres como si estuvieran frente a una manada de elefantes. Se trata, en todo caso, de asumir que los modos sociales que posibilitan las Nuevas Tecnologías interpelan a las sociedades de nuestro tiempo. En este contexto, la reflexión sobre la era digital no es una elección, es una necesidad.

Foto: el filoso filósofo José Pablo Feinmann bajándole el pulgar a los blogs

Fernando Peirone

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