El celular como recurso pedagógico

Hace unos días me escribió Diego Igal del Diario Tiempo Argentino. En el mail me decía que Viviana Minzi, una colega con la que fundamos el Foro para el debate social de las nuevas tecnologías y participamos en el libro La educación alterada (2010), le había contado que había hecho algunas experiencias con celulares en mis clases de filosofía y me preguntaba si le podía contar en qué consistían esas experiencias. El interés periodístico se debía a que el celular progresivamente deja de estar prohibido en las aulas y comienza a ser incorporado como un útil más. Finalmente, después de algún intercambio de mails y de un par de llamadas telefónicas, acordamos que escribiera una columna de opinión. Hoy salió mi columna junto a la nota de Diego y otras dos en las páginas 28 y 29 del diario. La nota de Diego se titula El celular deja de estar prohibido en las aulas y ya es un útil escolar más. Mi columna fue titulada: En lugar de decirles ‘saquen una hoja’, les dije: ‘saquen los celulares y manden un SMS, pero no salió completa, en la edición perdió algunas líneas que eran importantes para la comprensión de la idea general, y en la versión digital está más recortada todavía. Así que a continuación, comparto con ustedes la versión completa de esta experiencia que de algún modo da comienzo a Mundo extenso, el libro de mi autoría que saldrá en agosto próximo editado por Fondo de Cultura Económica, y donde trabajo la dimensión social y política de las nuevas tecnologías.

Los celulares y la escuela

Alrededor de 2006, noté que en la misma medida que los jóvenes abandonaban el reloj pulsera comenzaban a usar celulares. Esos dos cambios de hábitos implicaban, simultáneamente, el abandono de una temporalidad y la adopción de una nueva espacialidad. Por un lado, una  temporalidad en la que el pasado, el presente y el futuro se fundían en un presente absoluto; y por otro, una espacialidad en la que los límites de lo íntimo y lo local se abrían a una extimidad abierta y planetaria. Es decir, el aula que para nosotros los docentes era un lugar cerrado y a resguardo del mundo, para los jóvenes –con los sms– se había convertido en una gran plaza pública en la que se mantenían en estado asambleario permanente con sus “contactos”.
Mientras la escuela seguía reproduciendo ambientes y escenarios del pasado, la comunidad estudiantil protagonizaba una interacción que nos era completamente ajena. Me pareció entonces que como docentes debíamos salir de nuestra propia cuarentena y abrir las ventanas de los claustros (cuya etimología significa “encierro”) a un mundo que, desde el higienismo del siglo XIX y sin solución de continuidad, se había considerado contaminante.
A partir de ese momento comencé a incorporar los canales intersticiales que abrían los celulares como recursos pedagógicos para la enseñanza de la filosofía. Sobre todo para la producción filosófica. Por ejemplo, después de hablarle a mis alumnos de la duda cartesiana, en lugar de decirles “saquen una hoja”, les decía “saquen sus celulares y manden a la persona que ustedes quieran un sms que diga ‘pienso, luego existo?’”. Sobre las variadas respuestas que llegaban de vuelta al aula, y en un clima de gran entusiasmo, comenzábamos a trabajar la idea de sujeto moderno y su metamorfosis actual.

F.P.

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Cippolini subrayado
Como decíamos en el post anterior, el sábado pasado (06/02/2012) la Revista Ñ publicó una excelente nota de Rafael Cippolini. La nota se titula Filosofía del download y habla sobre lo que ponen en juego proyectos de ley como SOPA y PIPA frente a una filosofía del intercambio que se ha extendido mucho más allá de la red y se ha convertido en una forma de vivir. Vamos compartir con nuestros lectores la nota editada, es decir, subrayando (en negrita) los párrafos que nos parecen, no sólo aquellos que nos parecen sobresalientes, sino aquellos que más aportan a los debates de nuestra época. La nota
Filosofía del download, por Rafael Cippolini

Para empezar, lo que todos sabemos: el jueves 19 de enero, la  sincronía, el efecto mariposa, el azar o el impecable sentido de  oportunidad de intereses diversos lograron que la captura de Kim Schmitz  alias  Dotcom, sucediera tan solo un día después del masivísimo blackout en protesta por los proyectos de las leyes SOPA y PIPA, impulsadas por  Lamar Smith, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados  Unidos. Los cargos contra Dotcom, empresario y pirata informático alemán  de casi 38 años, fundador del sitio web Megaupload, fueron los de  crimen organizado, blanqueo de dinero y violación de la ley de los  derechos de propiedad intelectual. A partir de entonces, se hizo cada  vez más notorio un fantasma que sobrevuela internet desde hace tiempo.  Para unos pocos, lo que presenciamos es el principio del fin de una era  dorada de experimentación y circulación anárquica de todo tipo de bienes  culturales en formato digital, mientras que nos aprontamos al  espectáculo de un futuro de millones de usuarios condenados únicamente a  consumir. Sin embargo, simultáneamente, crece más y más la épica de la  desestimación: para la inmensa mayoría, la libertad de contenidos en la  web es tanto ideológica como tecnológicamente irreversible.
Lejos  de paralizar, los acontecimientos disparan todo tipo de noticias: nos  enteramos que los hacktivistas de Anonymous planean su propia versión de  plataforma de descargas on line (bautizada Anonyupload) –aunque hay  quienes desmienten esta versión–, como también supimos que la compañía  de Schmitz se aprontaba para presentar al mundo Megakey, un sitio  comercial de música que obviando a las discográficas hubiera llevado al  definitivo final de éstas. Asimismo tomamos nota que la empresa  valenciana Bionic Thumbs acaba de desarrollar MegaUp: Upload if you  can!, un videojuego paródico sobre los hechos de público conocimiento.  La lista es muy extensa. Tan lejos de detenerse, la cultura digital  sigue dando pruebas del poder de su viralidad, mientras se multiplica y  reinventa. Pero ¿de qué tipo de cultura digital hablamos? Si SOPA y PIPA  solo son una cortina de humo o una desafortunada expresión de deseo, y  el arresto de Herr Dotcom una estrategia de impacto mediático, ¿qué es  lo que realmente se pone en juego en las filosofías del intercambio en  la era web? ¿Una nueva querella de antiguos contra modernos, de  apocalípticos versus integrados, dos visiones de lo que debe ser la red y  las visiones del mundo que la transitan? ¿Sólo dos? Contemporáneamente, al describir su proyecto Sincita, el artista  rosarino Fabrizio Caiazza nos dice desde su sitio web: “Internet no  cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra  manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y  relacionarnos, aun con los sitios de descarga cancelados, aún con las  computadoras apagadas”. Hace muy poco, las autoridades suecas aprobaron  una religión conocida como Kopimism, impulsada por devotos que  consideran que compartir archivos (File Sharing) es un acto sagrado (ver  nota adjunta). Revisemos un poco más detenidamente. ¿Qué tan profundos y  definitivos son los cambios? ¿De cuántos modos nos afectan  –digitalmente o en nuestro estado unplugged– estas  transformaciones? Hace poco más de una década, el nombre de Shawn  Fanning inundaba los medios tanto como hoy lo hace el de Schmitz. Fueron  algo más de 15 minutos de fama. Resumamos: en junio de 1999, un nerd de  Massachusetts de entonces apenas 19 años, daba a conocer al mundo su  polémico proyecto que marcaría un antes y un después en la circulación  masiva de música: se llamó Napster. Este servicio de distribución de  archivos en formato MP3, bueno es recordarlo, tuvo un mentor: John  Fanning, tío de Shawn. No sólo le regaló su primera computadora Apple,  sino que también se de-sempeñó como primer presidente de la firma y  recolector de inversores. El crecimiento de la empresa fue meteórico y  se convirtió en una bomba durante el año 2000: la banda heavy Metallica  demandó a Napster en abril y el joven Shawn fue tapa de la revista Time  en octubre. Seguía pregonando que todo había comenzado cuando se propuso  compartir con sus amigos su colección de música en MP3 a partir de un  sistema de acceso simple y efectivo. Cuando en junio del mismo año la  RIAA (Recording Industry Association of America) bloquea judicialmente  muchas de las descargas, Napster acababa de recibir una inversión de 15  millones de dólares. Al año ya tenía más de 25 millones de usuarios.
Repito  lo que ya escribí en mi blog Cippodromo, hace más de dos años. ¿Qué  queremos decir cuando nos referimos a descargar contenidos? Otra vez  invertimos los términos: no estamos hablando de la fragilidad de lo que  llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de  la mutación de un concepto de industria. Una filosofía diferencial de la  administración de la información.
La proliferación de las  tecnologías digitales modificó culturalmente el modo en que las  industrias se conciben a sí mismas. En realidad, es la relación de la  creación (de los artistas) con las industrias la que ingresó hace tiempo  en una nueva dimensión.
En lo que se refiere a las artes,  podríamos iniciar la pesquisa desde la perspectiva de las diversas  conductas de artista: en principio, aquellos que adhieren a una  concepción de la industria que es propia de los siglos XIX y XX y  aquellos que apuestan a los imparables cambios del siglo XXI. Por  supuesto, estas dos conductas tienen múltiples matices, pero en  definitiva todo artista adhiere a un concepto de industria. Walter  Benjamin se preguntaba por el aura. Es el concepto de valor el que una  vez más se pone en juego. Y no me refiero únicamente al valor económico.
Regresemos a la historia de Napster. En septiembre de 2001,  luego de una furiosa presión por parte de las discográficas, que  seguimos capítulo a capítulo como si se tratara de una telenovela, el  servicio deja de funcionar. Después de unos años fuera de la vida  pública, Fanning regresó en 2005 con una nueva propuesta, Snocap, un  servicio que ideológicamente es el absoluto contrario de Napster.  Contratado inmediatamente por Universal, Sony-BMG, EMI y Warner Music,  su tarea fue centralizar licencias y poder cobrar de este modo por las  descargas de las canciones. Su respuesta fue contundente: nada más que  un cambio en el modelo de negocios.
Sin embargo, la transformación de esa nueva mentalidad industrial que ayudó a alimentar no retrocedió. Todo lo contrario.
¿Será  que Fanning olvidó su impulso inicial, el de compartir archivos? ¿Acaso  siempre deben resultar antagónicos los intereses del empresario y del  usuario?  ¿Por qué no auscultarlo como un giro antropológico? No sólo el  cuento de una serie de aplicaciones P2P (Peer-to peer, o entre pares,  de Napster a Audiogalaxy a eMule, y más tarde de servicios de  alojamiento de archivos Megaupload, Mediafire, RapidShare o GigaSize)  sino de un giro cultural donde los usuarios vamos desarrollando otro  tipo de necesidades. 
Escribí más arriba que cada artista adhiere  con su conducta a un concepto de industria. En febrero de 2008, unos  meses después de que Radiohead permitiera la descarga gratuita de su  álbum In Rainbows desde su website y por un tiempo  limitado, 40 artistas de latitudes diferentes (de Andrés Calamaro a Lily  Alen, de Skay Beillison y Hernán Cattaneo a Wayne Coyne de Flaming  Lips) respondieron en Rolling Stone edición argentina a preguntas como  “¿los grandes sellos se adaptarán a la nueva etapa? ¿Hay más o menos  oportunidades para las nuevas bandas? ¿la tecnología nos acercará a una  música mejor?”. Hubo respuestas para todos los gustos. Desde aquellos  que coincidían ampliamente con el gesto de Metallica hasta quienes  admitían descargar música de la web.
Lo sabemos: los tecnófobos  no son aquellos que denostan toda tecnología, sino por el contrario,  aquellos nostálgicos que prefieren una tecnología anterior. Y no existe  tecnología que no esté fundada en un uso específico y en una mentalidad  de uso.
Es indudable que, en el mundo digital, la labor  ideológica y de difusión de los defensores tanto del software libre como  del código abierto (Richard Stallman, John Maddog Hall, Eric Raymond,  etc.) va dejando su impronta en una psicología epocal, aún en el caso de  que jamás se haya oído hablar de ellos. En la misma dirección sigue  resultando capital el ensayo Crímenes de la razón. El  fin de la mentalidad científica del físico estadounidense –y Premio  Nobel– Robert B. Laughlin, quien señala que la Era de la Información  bien podría denominarse Era de la Amnesia, debido a la demoledora  disminución del acceso público a conocimientos que deberían no poseer  copyright.
Nunca deberíamos olvidar que el usuario es la pieza  clave de cualquier industria. Su motor. Así como existe una diferencia  nada sutil entre quien intercambia información y el que lucra  comercializando bienes ajenos. Muy distinto es disponibilizar que  lucrar. Son los usuarios los que disponibilizan material audiovisual en  un sitio como Youtube. Lo comparten con otros usuarios. Bajo el pretexto  de combatir la piratería, los proyectos de ley SOPA y PIPA arremeten  contra todo lo que puede convertirse en una amenaza. Es algo tan  ridículo como argumentar la necesidad de clausurar las bibliotecas o las  librerías de usado para salvar, si esto fuera necesario, a la industria  editorial. Es cierto, la figura del pirata (la vedette de toda esta  trama) es tanto una creación de la industria como lo es la figura del  Capitán Jack Sparrow.
Los desarrolladores de plataformas de  intercambio invariablemente comienzan como usuarios. Y lo siguen siendo  de muchas maneras.
Como sea, quiero concluir con una cita que no es otra cosa que una paráfrasis del clásico La Catedral y el Bazar,  de Eric Raymond: “Es posible que a largo plazo triunfe la cultura del  intercambio libre. No porque esta circulación sea moralmente correcta o  porque la rentabilidad económica sea moralmente incorrecta, sino  simplemente porque el mundo comercial no puede ganar una carrera de  armamentos evolutiva a las comunidades de intercambio libre, que pueden  disponer de muchísimo más tiempo cualificado y muchísimos más actores  que cualquier compañía”.

Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/SOPA-PIPA-industria-download-online_0_640135990.html

Cippolini subrayado

Como decíamos en el post anterior, el sábado pasado (06/02/2012) la Revista Ñ publicó una excelente nota de Rafael Cippolini. La nota se titula Filosofía del download y habla sobre lo que ponen en juego proyectos de ley como SOPA y PIPA frente a una filosofía del intercambio que se ha extendido mucho más allá de la red y se ha convertido en una forma de vivir. Vamos compartir con nuestros lectores la nota editada, es decir, subrayando (en negrita) los párrafos que nos parecen, no sólo aquellos que nos parecen sobresalientes, sino aquellos que más aportan a los debates de nuestra época. La nota

Filosofía del download, por Rafael Cippolini

Para empezar, lo que todos sabemos: el jueves 19 de enero, la sincronía, el efecto mariposa, el azar o el impecable sentido de oportunidad de intereses diversos lograron que la captura de Kim Schmitz alias Dotcom, sucediera tan solo un día después del masivísimo blackout en protesta por los proyectos de las leyes SOPA y PIPA, impulsadas por Lamar Smith, miembro de la Cámara de Representantes de los Estados Unidos. Los cargos contra Dotcom, empresario y pirata informático alemán de casi 38 años, fundador del sitio web Megaupload, fueron los de crimen organizado, blanqueo de dinero y violación de la ley de los derechos de propiedad intelectual. A partir de entonces, se hizo cada vez más notorio un fantasma que sobrevuela internet desde hace tiempo. Para unos pocos, lo que presenciamos es el principio del fin de una era dorada de experimentación y circulación anárquica de todo tipo de bienes culturales en formato digital, mientras que nos aprontamos al espectáculo de un futuro de millones de usuarios condenados únicamente a consumir. Sin embargo, simultáneamente, crece más y más la épica de la desestimación: para la inmensa mayoría, la libertad de contenidos en la web es tanto ideológica como tecnológicamente irreversible.

Lejos de paralizar, los acontecimientos disparan todo tipo de noticias: nos enteramos que los hacktivistas de Anonymous planean su propia versión de plataforma de descargas on line (bautizada Anonyupload) –aunque hay quienes desmienten esta versión–, como también supimos que la compañía de Schmitz se aprontaba para presentar al mundo Megakey, un sitio comercial de música que obviando a las discográficas hubiera llevado al definitivo final de éstas. Asimismo tomamos nota que la empresa valenciana Bionic Thumbs acaba de desarrollar MegaUp: Upload if you can!, un videojuego paródico sobre los hechos de público conocimiento. La lista es muy extensa. Tan lejos de detenerse, la cultura digital sigue dando pruebas del poder de su viralidad, mientras se multiplica y reinventa. Pero ¿de qué tipo de cultura digital hablamos? Si SOPA y PIPA solo son una cortina de humo o una desafortunada expresión de deseo, y el arresto de Herr Dotcom una estrategia de impacto mediático, ¿qué es lo que realmente se pone en juego en las filosofías del intercambio en la era web? ¿Una nueva querella de antiguos contra modernos, de apocalípticos versus integrados, dos visiones de lo que debe ser la red y las visiones del mundo que la transitan? ¿Sólo dos? Contemporáneamente, al describir su proyecto Sincita, el artista rosarino Fabrizio Caiazza nos dice desde su sitio web: “Internet no cambió nuestra manera de ver y entender el mundo. Internet ES nuestra manera de ver y entender el mundo, nuestro modo de consumir y relacionarnos, aun con los sitios de descarga cancelados, aún con las computadoras apagadas”. Hace muy poco, las autoridades suecas aprobaron una religión conocida como Kopimism, impulsada por devotos que consideran que compartir archivos (File Sharing) es un acto sagrado (ver nota adjunta). Revisemos un poco más detenidamente. ¿Qué tan profundos y definitivos son los cambios? ¿De cuántos modos nos afectan –digitalmente o en nuestro estado unplugged– estas transformaciones? Hace poco más de una década, el nombre de Shawn Fanning inundaba los medios tanto como hoy lo hace el de Schmitz. Fueron algo más de 15 minutos de fama. Resumamos: en junio de 1999, un nerd de Massachusetts de entonces apenas 19 años, daba a conocer al mundo su polémico proyecto que marcaría un antes y un después en la circulación masiva de música: se llamó Napster. Este servicio de distribución de archivos en formato MP3, bueno es recordarlo, tuvo un mentor: John Fanning, tío de Shawn. No sólo le regaló su primera computadora Apple, sino que también se de-sempeñó como primer presidente de la firma y recolector de inversores. El crecimiento de la empresa fue meteórico y se convirtió en una bomba durante el año 2000: la banda heavy Metallica demandó a Napster en abril y el joven Shawn fue tapa de la revista Time en octubre. Seguía pregonando que todo había comenzado cuando se propuso compartir con sus amigos su colección de música en MP3 a partir de un sistema de acceso simple y efectivo. Cuando en junio del mismo año la RIAA (Recording Industry Association of America) bloquea judicialmente muchas de las descargas, Napster acababa de recibir una inversión de 15 millones de dólares. Al año ya tenía más de 25 millones de usuarios.

Repito lo que ya escribí en mi blog Cippodromo, hace más de dos años. ¿Qué queremos decir cuando nos referimos a descargar contenidos? Otra vez invertimos los términos: no estamos hablando de la fragilidad de lo que llamamos derechos de autor (o no sólo de eso), sino, antes que nada, de la mutación de un concepto de industria. Una filosofía diferencial de la administración de la información.

La proliferación de las tecnologías digitales modificó culturalmente el modo en que las industrias se conciben a sí mismas. En realidad, es la relación de la creación (de los artistas) con las industrias la que ingresó hace tiempo en una nueva dimensión.

En lo que se refiere a las artes, podríamos iniciar la pesquisa desde la perspectiva de las diversas conductas de artista: en principio, aquellos que adhieren a una concepción de la industria que es propia de los siglos XIX y XX y aquellos que apuestan a los imparables cambios del siglo XXI. Por supuesto, estas dos conductas tienen múltiples matices, pero en definitiva todo artista adhiere a un concepto de industria. Walter Benjamin se preguntaba por el aura. Es el concepto de valor el que una vez más se pone en juego. Y no me refiero únicamente al valor económico.

Regresemos a la historia de Napster. En septiembre de 2001, luego de una furiosa presión por parte de las discográficas, que seguimos capítulo a capítulo como si se tratara de una telenovela, el servicio deja de funcionar. Después de unos años fuera de la vida pública, Fanning regresó en 2005 con una nueva propuesta, Snocap, un servicio que ideológicamente es el absoluto contrario de Napster. Contratado inmediatamente por Universal, Sony-BMG, EMI y Warner Music, su tarea fue centralizar licencias y poder cobrar de este modo por las descargas de las canciones. Su respuesta fue contundente: nada más que un cambio en el modelo de negocios.

Sin embargo, la transformación de esa nueva mentalidad industrial que ayudó a alimentar no retrocedió. Todo lo contrario.

¿Será que Fanning olvidó su impulso inicial, el de compartir archivos? ¿Acaso siempre deben resultar antagónicos los intereses del empresario y del usuario? ¿Por qué no auscultarlo como un giro antropológico? No sólo el cuento de una serie de aplicaciones P2P (Peer-to peer, o entre pares, de Napster a Audiogalaxy a eMule, y más tarde de servicios de alojamiento de archivos Megaupload, Mediafire, RapidShare o GigaSize) sino de un giro cultural donde los usuarios vamos desarrollando otro tipo de necesidades.

Escribí más arriba que cada artista adhiere con su conducta a un concepto de industria. En febrero de 2008, unos meses después de que Radiohead permitiera la descarga gratuita de su álbum In Rainbows desde su website y por un tiempo limitado, 40 artistas de latitudes diferentes (de Andrés Calamaro a Lily Alen, de Skay Beillison y Hernán Cattaneo a Wayne Coyne de Flaming Lips) respondieron en Rolling Stone edición argentina a preguntas como “¿los grandes sellos se adaptarán a la nueva etapa? ¿Hay más o menos oportunidades para las nuevas bandas? ¿la tecnología nos acercará a una música mejor?”. Hubo respuestas para todos los gustos. Desde aquellos que coincidían ampliamente con el gesto de Metallica hasta quienes admitían descargar música de la web.

Lo sabemos: los tecnófobos no son aquellos que denostan toda tecnología, sino por el contrario, aquellos nostálgicos que prefieren una tecnología anterior. Y no existe tecnología que no esté fundada en un uso específico y en una mentalidad de uso.

Es indudable que, en el mundo digital, la labor ideológica y de difusión de los defensores tanto del software libre como del código abierto (Richard Stallman, John Maddog Hall, Eric Raymond, etc.) va dejando su impronta en una psicología epocal, aún en el caso de que jamás se haya oído hablar de ellos. En la misma dirección sigue resultando capital el ensayo Crímenes de la razón. El fin de la mentalidad científica del físico estadounidense –y Premio Nobel– Robert B. Laughlin, quien señala que la Era de la Información bien podría denominarse Era de la Amnesia, debido a la demoledora disminución del acceso público a conocimientos que deberían no poseer copyright.

Nunca deberíamos olvidar que el usuario es la pieza clave de cualquier industria. Su motor. Así como existe una diferencia nada sutil entre quien intercambia información y el que lucra comercializando bienes ajenos. Muy distinto es disponibilizar que lucrar. Son los usuarios los que disponibilizan material audiovisual en un sitio como Youtube. Lo comparten con otros usuarios. Bajo el pretexto de combatir la piratería, los proyectos de ley SOPA y PIPA arremeten contra todo lo que puede convertirse en una amenaza. Es algo tan ridículo como argumentar la necesidad de clausurar las bibliotecas o las librerías de usado para salvar, si esto fuera necesario, a la industria editorial. Es cierto, la figura del pirata (la vedette de toda esta trama) es tanto una creación de la industria como lo es la figura del Capitán Jack Sparrow.

Los desarrolladores de plataformas de intercambio invariablemente comienzan como usuarios. Y lo siguen siendo de muchas maneras.

Como sea, quiero concluir con una cita que no es otra cosa que una paráfrasis del clásico La Catedral y el Bazar, de Eric Raymond: “Es posible que a largo plazo triunfe la cultura del intercambio libre. No porque esta circulación sea moralmente correcta o porque la rentabilidad económica sea moralmente incorrecta, sino simplemente porque el mundo comercial no puede ganar una carrera de armamentos evolutiva a las comunidades de intercambio libre, que pueden disponer de muchísimo más tiempo cualificado y muchísimos más actores que cualquier compañía”.

Link a la nota: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/SOPA-PIPA-industria-download-online_0_640135990.html

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Filosofía, política y retórica

Este es el texto de la ponencia que leí el jueves 28 de abril en el Seminario de los jueves. La ponencia gira en torno al diálogo Gorgias de Platón, y lo que hice fue contrastar la factibilidad del pensamiento platónico a la luz de la relación que tuvo el propio Platón con el poder y que él mismo cuenta en la carta VII. A partir de lo cual planteo una dialéctica entre la filosofía y la retórica, a contrapelo del planteo excluyente que hace Platón-Sócrates. Es u poco larga, pero creo va a valer la pena. Con ustedes la ponencia:

Gorgias o la dimensión política de la retórica
En diciembre 1784, Emanuel Kant elegía las páginas de un periódico berlinés para preguntar “¿qué es la ilustración?” (Was ist Aufklärung?). Su decisión de responder esa pregunta públicamente fue tomado como un acto político que dejaría establecidas las funciones de la filosofía moderna. Así lo entiende y explica Foucault en el libro que lleva por título, precisamente, ¿Qué es la ilustración? A partir de ese momento –dice Foucault– una de las funciones ineludibles de la filosofía sería “interrogarse acerca de su propia actualidad, por ese ‘ahora’ dentro del cual estamos unos y otros y que define el momento en que el filósofo escribe como parte de un proceso del que se siente, a la vez, elemento y actor”. Eso no quiere decir, claro está, que Kant haya iniciado las reflexiones filosóficas sobre el presente, pues como estamos viendo en este seminario, el presente es una preocupación que recorre todos y cada uno de los diálogos de Platón; Kant, en todo caso, lo que hace es reconocer a la filosofía como el instrumento que nos permite ir al encuentro de aquello que nos constituye como habitantes de una época y que está disimulado en la experiencia de lo cotidiano. Por cierto que esta no es una vocación dominante dentro de la filosofía; existe, hay que decirlo, una tradición que ha hecho denodados esfuerzos para escapar de lo temporal y resguardarse en la metafísica y la vida contemplativa, limitando la tarea filosófica a realizar una interpretación del mundo. Pero no es esa filosofía de la que nos vamos a ocupar en este trabajo.
El Gorgias, como el resto de los escritos políticos de Platón, da cuenta de este interés por el presente. Sin embargo, es en la Carta VII, cuando Platón tiene 74 años, donde el pensador ateniense expone más abiertamente su opinión acerca de la relación que existe entre la filosofía y la política, como el campo donde se organizan las acciones del presente. La carta, que es una de las más largas que haya escrito Platón, dedica una parte importante de su extensión al relato autobiográfico, a partir de lo cual se puede constatar la vocación del filósofo por intervenir políticamente en el ‘ahora’ de su tiempo. A diferencia de los diálogos, que fue el formato elegido por Platón para exponer su pensamiento, el género epistolar nos permite acceder al significado que tiene para el propio Platón el hecho de dar consejos al Príncipe, o para decirlo en los términos de la Carta VII, nos permite entender el valor del ergon (tarea), es decir: del trabajo filosófico en su relación con el poder. La carta relata de una manera reveladora las estrategias que se da el filósofo frente a las presiones políticas, cómo maneja el miedo, cómo calcula los riesgo que implica la cercanía con el poder, qué tipo de situaciones lo entusiasman y cuáles son aquellas que lo desilusionan y lo acercan al pesimismo en el que abundaría hacia el final de su vida. La Carta VII, podríamos decir, es un notario de los modos en que Platón se vinculaba con su presente; pero por añadidura nos permite –en cierto modo, claro está– verificar la factibilidad de aplicación que tuvo el método platónico para el propio Platón. Posiblemente más de uno se podría sorprender ante las especulaciones que hace un Platón realista frente a Dionisio el Joven. Dionisio el Joven era un tirano que había heredado el gobierno de Siracusa de su padre y que había logrado concentrar toda Sicilia en una sola ciudad, pero por su engreimiento no se fiaba de nadie; asimismo, Dion, cuñado del tirano y amigo de Platón, logró que Dionisio se interesara por la filosofía y adoptara al ateniense como su consejero. Cuenta Platón al respecto:

”(…) nosotros le animábamos a que se interesara por hacerse otros amigos entre sus parientes y camaradas de su misma edad que estuvieran de acuerdo entre sí para la adquisición de la virtud, pero ante todo para que se pusiera de acuerdo consigo mismo, ya que tenía una enorme necesidad de ello. No se lo decíamos así de claro (esto habría sido peligroso), sino con palabras encubiertas, manteniendo firmemente que es así como un hombre puede guardarse a sí mismo y a las personas a las que gobierna, mientras que el obrar de otra manera consigue resultados totalmente opuestos.”

En otro pasaje de la Carta VII, Platón se refiere a las negociaciones que lleva adelante con Dionisio para acordar el regreso de su amigo Dion, que había sido desterrado en el Peloponeso por presuntas intrigas con los cartagineses en contra del tirano. Dionisio le propuso a Platón que si volvía a Siracusa para asesorarlo, le permitiría a Dion volver. El acuerdo sin embargo no fue respetado y una vez en Sicilia le propuso un segundo acuerdo que consistía en mantener a Dion en el exilio hasta que juntos –Platón, Dion y él– acuerden el momento y el modo de la repatriación, con un agregado alentador: mientras eso no ocurriera Dion podría disponer de sus bienes para que los administre libremente y según su propio criterio. Pero ese acuerdo tampoco fue respetado por el tirano, que inconsultamente resolvió cederle a Platón la mitad de los bienes que correspondían al hijo de Dion. Ante el evidente atropello, Platón dice:

“Yo quedé consternado, pero me pareció que era completamente ridículo poner cualquier objeción; sin embargo, le hice ver que debíamos volver a escribirle comunicándole este cambio. Pero él se puso en seguida a vender descaradamente la totalidad de los bienes de aquél, de la forma y manera que quiso y a quienes quiso vender, sin decirme a mí ni una palabra de ello; tampoco yo volví a hablarle de los intereses de Dion, porque me daba cuenta de que era inútil.”

Como podemos ver, frente a un tirano que pone límites infranqueables, el filósofo, como cualquier hijo de vecino, advierte los riesgos que corre y, con razón, dice: “me pareció que era completamente ridículo poner cualquier objeción”; o “No se lo decíamos así de claro (porque esto habría sido peligroso), se lo decíamos con palabras encubiertas”. Los vínculos con la política obligan a negociar con lo irreductible de la vida pública, esto es: con el sujeto político que ejerce el poder y que en última instancia tiene la posibilidad de dar muerte. Ni siquiera la filosofía puede soslayar ese límite. ¿Por qué decimos esto? Porque la vocación de presente de la filosofía conlleva algunos riesgos que, como le pasó a Platón, no se reducen a la pérdida de la indemnidad intelectual.

Platón y la política
Platón a lo largo de su vida fue testigo de dos formas de gobierno: el régimen de los Treinta Tiranos que se produce tras la derrota en la guerra del Peloponeso, y que el joven ateniense perteneciente a la alta aristocracia recibe con expectativa; la otra forma de gobierno que experimenta, fue el retorno a la democracia que se produce tras el derrocamiento del régimen de los Treinta. Para Platón fueron dos experiencias igualmente decepcionantes, en un caso por la violencia y la arbitrariedad que despliega la tiranía (en ese contexto, Sócrates es convocado a colaborar); en el otro caso, a pesar de que la democracia también lo había entusiasmado, la decepción sobreviene cuando ve el modo en que persiguen y llevan a juicio a Sócrates por su presunta relación con el régimen de los Treinta [Foucault, 2008. Pag. 227]. Esas dos decepciones son experiencias que marcan fuertemente a Platón y que lo llevarían a sacar una conclusión que marcaría el pensamiento filosófico hasta nuestros días: ya no es posible librar una acción política. Para que una acción política sea posible, dice, tienen que reunirse dos condiciones que el crecimiento de la polis ya no garantiza:

1.    La philia (el entorno de amistad) que permita constituir grupos de presión y conquistar el poder de la polis

2.    El kairói (la ocasión) que auspicie la posibilidad de adueñarse del poder en un contexto favorable

Entonces, ¿qué hacer? La respuesta está retratada en el libro V de La República y en el la Carta VII, a saber: es preciso que los filósofos lleguen al poder con responsabilidades políticas y que los jefes, que tienen la misión de gobernar, se entreguen al pensamiento filosófico [Foucault, 2008. pag. 228]. Sólo esta adecuación, dice Platón, hará posible lo que ni la democracia ni las dictaduras lograron.
Platón encuentra una inmejorable posibilidad para esta “idea” en la oportunidad que se le presenta cuando Dion lo invita a embarcarse rumbo a Siracusa para asesorar a Dionisio el Joven. Hay philia, porque está su amigo Dion, hay kairós porque existe un contexto favorable, y hay un Jefe, Dionisio, que está interesado en la filosofía. Es la gran oportunidad de demostrar que la filosofía puede superar la instancia del logos (discurso) y poner manos a la obra en el ergon (la acción concreta). Platón lo dice de esta manera:

Cuando reflexionaba y me preguntaba dubitativo si debía o no ponerme en camino y ceder a los ruegos, lo que hizo inclinar la balanza, no obstante, la idea de que si alguna vez podía proponerme la realización de mis planes legislativos y políticos, ése era el momento de intentarlo: no había más que persuadir en medida suficiente a un solo hombre, y asunto concluido. Con esa disposición de ánimo, me aventuré a partir. No me impulsaba, por cierto, los motivos que algunos imaginan, pero me avergüenza la posibilidad de pasar a mis propios ojos por un hombre de verba hueca que nunca se decide a poner manos a la obra. [Foucault, 2008. pag. 230]

El filósofo –interpreta Foucault– no puede circunscribir su tarea al ámbito del logos, debe relacionarse con su presente, participar de la vida pública, poner manos a la obra en el ergon. ¿Y qué es poner manos a la obra en el ergon? Ser el consejero real de un político real, participar de las decisiones con las que el Príncipe interviene en la realidad. De este modo, la filosofía se introduce en el campo de la política, pero con una función propia: pensar la política. Producir pensamiento político para la acción política propiamente dicha. Esto es lo que Foucault llama “lo real de la filosofía”, donde aparece la parrhesía en tanto que es el campo en el que se confirma el coraje del consejero de practicar la veridicción frente a quien ejerce el poder. Esto es lo que supuestamente distingue a la filosofía de la retórica, ya que la retórica tiene por objeto persuadir, mientras que el objeto de la filosofía es decir la verdad. Ahora bien, ¿cuáles son las condiciones en las que la filosofía puede practicar la veridicción? Para que la filosofía no sea puro y vano discurso sino realidad –dice Foucault– no puede dirigirse a todo el mundo, sino únicamente a quien quiere escuchar; asimismo, para que el filósofo se pronuncie tienen que existir garantías suficientes de que no hablará al aire ni arriesgará la vida. Y es en este punto donde la filosofía, a mi entender, no asume lo que de retórica tiene y necesita cuando decide trascender el logos para ingresar en el ergon.
Es un malentendido que, si se quiere, podríamos remontar hasta Parménides, cuando decía que “las cosas son o no son”, o al “principio de no contradicción” de Aristóteles, por el cual nada puede ser lo que es y a la vez su contrario. Bajo estas concepciones –como todos saben, de gran ascendiente en el pensamiento occidental–, se es bueno o se es malo, pero nunca ambas cosas a la vez, como lo somos el común de lo mortales. Si sorteamos esta manera dicotómica del ser, tal vez podamos entender que no existe una distancia tan pronunciada ni una oposición tan tajante entre retórica y filosofía, al menos no en los términos que lo plantea Platón en el Gorgias, sobre todo si lo miramos a la luz de lo que el propio Platón experimenta en su relación con el presente de su tiempo y que nos relata en la Carta VII.

Retórica vs. Filosofía
Se ha dicho que el Gorgias es una prolongada condena a la retórica, el diálogo en el que Platón más la interpela. Mientras que Polo, Gorgias y Calicles alaban las bondades de la retórica, Sócrates rebate uno a uno los argumentos diciendo ante cada respuesta que no le contestan lo que él está preguntando y quiere saber, él sólo quiere saber qué es el arte retórico y cuál es el ser de la técnica retórica. Al cabo de lo cual terminará por decir que la retórica no es nada, habida cuenta de que la retórica es el arte de la adulación en contraposición a la tekhne de la filosofía, que es la conducción de las almas a través de esa doble vertiente que es el cuidado de sí y de los otros. La retórica no es capaz de alcanzar lo que pretende, esto es: el bien. De este modo Sócrates demuestra que la retórica, mediante la imitación, el simulacro, la ilusión y la adulación, sustituye el bien por su apariencia, que es el placer. Por lo tanto no alcanza su meta, y la meta que alcanza no es nada. Ahora bien, ¿esto es así?, ¿alcanzan los argumentos esgrimidos por Sócrates para dejar a la retórica fuera de juego? La retórica, ese arte esquivo al que tanto se dedica Platón y con el que tanto se ensaña su Sócrates, ¿de repente pierde todo valor? ¿Alguien se hace eco de la descalificación que hace la filosofía de la retórica? Veamos lo que surge de cotejar lo que sostiene Sócrates con el presente en el que Platón despliegaba sus artes de consejero.
Como hemos visto, Sócrates logra demostrar que lo importante no es tanto escapar a la injusticia de los otros como no cometerla. Por lo cual, si lo importante es no cometer injusticia, resulta igualmente importante hacer que quien es injusto llegue a ser efectivamente justo. ¿Pero cómo se logra tal cosa? Platón, en más de una oportunidad y en más de un diálogo, establece cierta analogía entre la medicina y la filosofía, entre el médico y el consejero político; de hecho en el Gorgias, hace varias menciones. Atendiendo a esta comparación el filósofo, en tanto médico, sólo debe intervenir cuando las cosas no andan bien. En tal caso el filósofo tendrá que diagnosticar cuál es el mal que padece la polis y tratar de intervenir para reestablecer el estado de salud. Se trata de un papel crítico, pues se presenta en el orden de la crisis, o si se prefiere en el del mal y la enfermedad; pero hace falta –dice Foucault– que el enfermo, o en este caso la polis, tengan conciencia de su enfermedad [Foucault, 2008. Pag. 243]. Una polis enferma deberá dar cuenta a través de sus jefes que las cosas no funcionan bien. Y acá es donde aparece un aspecto de la filosofía que sólo se vuelve evidente cuando la filosofía se vincula con lo real, es decir en la medida que deja de ser puro logos para ingresar en la tarea filosófica (ergon); es un aspecto suyo que la filosofía habitualmente niega, pero que en la homologación que establece Platón y retoma Foucault de la filosofía con la medicina, queda expuesto.
Cuando se homologa el papel del filósofo con el del médico, que diagnostica y prescribe, pero a la vez persuade, algo se trastoca. Foucault menciona a la persuasión como una característica del ciudadano libre, que a diferencia del esclavo puede hablar y explicar lo que le pasa y lo que siente, a partir de lo cual el médico –que tiene la voluntad de escuchar lo que dice el enfermo, porque ese material es el que le permite elabora su diagnóstico– le explica al enfermo cuál fue su desarreglo y qué deberá corregir de su régimen para curarse, persuadiéndolo de que ese será el único modo de sanar. El filósofo que trasciende el logos y asume una misión política (pensar la política, producir pensamiento político) deberá dirigirse al Príncipe o las personas libres, en principio para escuchar, y después de haber escuchado diagnosticar y explicar lo que hay que hacer para salir de los males que afectan a la polis, para lo cual –al parecer– deberá apelar indefectiblemente a la persuasión. Su papel no será legislar ni gobernar, su papel será pensar el régimen de la ciudad en su conjunto para advertir la causa del mal y posteriormente persuadir a quienes gobiernan y a quienes son gobernados acerca de lo que se debe modificar en el régimen de la polis para alcanzar la salud, que podríamos equiparar al bien común.
Dicho esto, y siguiendo a Foucault, decimos: la filosofía siempre supone la filosofía, es decir: la voluntad del pensar. La filosofía no puede proponerse como violencia, no puede imponer su pensamiento; lo real de la filosofía se dirige a la voluntad filosófica, que en la medida que esté despierta y atenta a escuchar, tendrá lugar para su decir. Ahora bien, ¿qué pasa si el enfermo no puede escuchar? No estamos diciendo “no quiere”, estamos diciendo “no puede”. Digamos que el enfermo manifiesta una resistencia lógica, que le cuesta aceptar aquello que al revelarse como problema lo expone a un espejo difícil de soportar. ¿Qué hace el médico en ese caso?, ¿abandona el paciente como dice Platón en la Carta VII? [Foucault, 2008. Pag. 241] Pensémoslo en relación a la filosofía. ¿Qué hace la filosofía cuando no encuentra voluntad filosófica, cuando no hay gobernantes ni gobernados atentos a su decir? ¿Se retrae y vuelve al logos y a la contemplación para ejercitar su crítica “irreverente” desde la distancia o, como el médico frente al ciudadano libre, debe escuchar él también las explicaciones que da la polis sobre su actuar para después elaborar un pensamiento político que le permita ser escuchado, sobre la base de aquello que le preocupa a los gobernantes y a los gobernados, sino por igual, de acuerdo a sus intereses?
La filosofía critica a la retórica porque es precisamente aquello que puede encontrar su eficacia independientemente de la voluntad de quienes escuchan. Su juego –dice Foucault– consiste en captar la voluntad de los oyentes, en cierto modo a pesar de ellos. Entonces retomamos, ¿cómo se hace para escuchar a un enfermo que no puede escuchar? ¿No es un mérito captar la voluntad de quien no puede oír para explicarle lo que está mal y persuadirlo acerca de los beneficios que tendría modificar el régimen de vida? Trasladado a la filosofía y su vínculo con lo real de la polis, ¿no es un mérito tratar de captar la voluntad de quienes gobiernan y de quienes son gobernados para explicarles lo que anda mal y persuadirlos acerca de aquellos que sería menester modificar en el régimen de la polis? Dicho esto podemos preguntar: ¿este recurso que la filosofía se ve conminada a desplegar frente a quien no se ha planteado escucharlo, no es la tekhne de la retórica?, ¿y no es un recurso legítimo? ¿Acaso Sócrates no deambulaba por la polis en busca de algún interlocutor distraído a quien poder interpelar? ¿No era ese un modo de captar la voluntad pública para someterla a la mayéutica? ¿Y no era la mayéutica un método inductivo que consistía en interrogar a una persona para hacerla llegar a un conocimiento suyo que aún no tenía conceptualizado?

Acción dramatúrgica
Cuando la filosofía trasciende el logos –dice Foucault– surge necesariamente la política, la dimensión social que le hace experimentar lo real de la filosofía; dicho en otras palabras: aparece un campo de verificación. Pero en este punto, a diferencia de lo que demuestra Sócrates, vemos que en la medida que la filosofía entra en contacto con la vida de la polis la oposición entre la retórica y la filosofía deja de ser tan tajante. La filosofía conlleva una misión de verdad que supuestamente la retórica resigna en el afán de agradar y producir placer. Es una oposición excluyente: donde hay un filósofo el rétor debe ser expulsado. “No pueden coexistir, su relación es de exclusión”, dice Foucault siguiendo a Platón [Foucault, 2008. pag. 357]. Sin embargo, Gorgias y Calicles, que defienden la retórica, a su modo también buscan alcanzar el bien. Más aún: Calicles tal vez no sea tan antitético al pensamiento platónico como lo presenta Sócrates. Según vimos en la Carta VII, cuando la filosofía trasciende el logos y se vincula con lo real de la filosofía, deja de ser inmune y a su pesar pasa a ser tan falible en la búsqueda del bien como lo es la retórica. Lo que Foucault llama experiencia de la realidad política no es otra cosa que la interacción con el mundo, dar cuenta del Otro. Ese Otro está evidenciado de un modo irreductible en el ciudadano que hay que escuchar o en los límites que pone el Príncipe, se convierte en una interpelación y en una condición de ajuste para la acción propia. La interacción con Otro que tiene sus propios intereses, muy probablemente frustre nuestras expectativas, frente a lo cual es lícito darse una estrategia que nos lleve a la consecución de nuestros objetivos. La interacción implica, entonces, una acción dramatúrgica en la que cada uno de los actores “representa” o “escenifica” ante el otro un “personaje” o una “imagen” que necesita proyectar de sí mismo. Pasa con el enamorado que le habla a su amada, pasa con el padre que reta a su hijo, pasa –por supuesto– con el filósofo que trasciende el logos para interactuar con la realidad de la polis. La interacción social es, en definitiva, una (re)presentación pública, la acción política que se produce en el vínculo con los demás; y en esa interacción los actores están obligados a prestarse al juego de la simulación y las apariencias, porque como dice Hannah Arendt “lo público, constituido mediante la reunión de muchos, se establece como lugar de apariencia”. Y acá, me dirán, se presenta un problema, porque como hemos visto, la simulación y la apariencia se alejan tanto de la esencia y la verdad como, para Sócrates, la retórica de la filosofía. Ese antagonismo irreductible se reproduce en la distancia que separa a al ser del parecer y a la esencia de lo accesorio; con el agravante de que suele ser trasladado al logos y el ergon, y por consiguiente a los roles del intelectual y del político. Sin embargo, y a juzgar por la vocación de presente que tiene la filosofía, tal vez no debamos entender a la esencia como la oposición de la apariencia.
La esencia, tanto como la verdad y el bien son categorías ideales, más próximas a la deidad que a lo mundano, y por lo tanto más propias del campo de la fe que de lo real de la filosofía y de la política. En este sentido, la misión de verdad que porta la filosofía puede convertirse en un estigma que la aleja de lo mundano, en tanto que impuro y contaminante. Si la misión de verdad condiciona a la filosofía a utilizar la categoría del bien como su norte y su parámetro, la filosofía terminará por menospreciar cualquier acción que no sea capaz de producir lo que por definición es inalcanzable. Dicho esto podemos preguntarnos: ¿quién es la que no puede alcanzar lo que se propone alcanzar, la filosofía o la retórica? La retórica, más realista, desde Gorgias y Calicles parece entender que la simulación, la apariencia y la adulación no son más que recursos dramatúrgicos, y que no necesariamente traicionan la misión de verdad y la búsqueda del bien. Tal vez, el hecho de que Platón haya elegido el género dialógico, más cercano al arte drámatico que a los tratados, para hacer filosofía, tenga que ver con eso; tal vez por eso Calicles, del que no hay pruebas ciertas de su existencia, y que bien podría ser un alterego de Platón, soporta los embates de Sócrates con hidalguía y establece una cierta paridad con el maestro. Como decíamos más arriba, Gorgias es uno de los diálogos más largos de Platón, gran parte de su extensión está destinada a discutir la retórica, como lo hizo en muchos otros diálogos. Si tenemos en cuenta esto, ¿no podemos pensar que la preocupación de Platón por la retórica es un modo de apropiarse de la retórica? ¿No podría la filosofía asumir a la retórica como un recurso válido? Más aún: ¿no lo hace de hecho? Tal vez no debamos evaluar a la apariencia en relación a la esencia, ni señalar cuánto se aleja o traiciona la retórica la misión de verdad de la filosofía, sino asumirlas como partes de un juego dialéctico y variable con el Otro, y por lo tanto con una alteridad que, en la negociación de lo necesario y lo factible, produce un juego democrático siempre inacabado pero provechoso.


Seminario de los Jueves, 28 de abril de 2011. Buenos Aires

Todas las citas pertenecen a Michel Foucault, El gobierno de sí y de los otros, Fondo de Cultura Económica. Buenos Aires, 2008.

F.P.

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