Rossana Reguillo y el ejército de los desesperanzados
En el día de hoy, la Revista Ñ publicó un muy interesante reportaje a la antropóloga mexicana Rossana Reguilla, autora de “Estrategias del desencanto. Emergencias de culturas juveniles”. El reportaje, a cargo de Héctor Pavón, tal cual es su sana costumbre, es excelente. Este encuentro con Rossana Reguillo fue de lo más saludable, pero el hecho de ser a través del errático formato de una entrevista, impone que se la profundice con una lectura atenta de sus trabajos de largo aliento, en el que parece haber dejado las marcas de sus trasegadas investigaciones, no obstante eso y a pesar de tener grandes coincidencias, también debo confesar que me alejan de sus ideas algunas interpretaciones suyas, como cuando habla de los jóvenes como un “ejército de desesperanzados” o cuando entiende que los jóvenes, hartos de las vacuas retóricas están dando “un peligroso giro hacia un cierto autoritarismo”. Son afirmaciones que en principio no podemos negar, sin embargo parecen variantes más propias de sectores y/o regiones que hacen opciones de la desesperanza y el autoritarismo por su condición de postergados, antes que ser un rasgo de los jóvenes en general, me refiero a los que se agrupa -o mal llama- como “Generación Y”. Hasta ella parece contradecirse en esas sospechas, pero me reservo la posibilidad de leerla más en profundidad y hasta discutirlo personalmente con ella.
F.P.
La generación Y
En la actualidad el comercio con la realidad es cada vez más vertiginoso e inasible, la tradición se ha vuelto un bien relativo, cuando no una carga pesada de la que es mejor desprenderse rápido. Los ritmos de la época demandan, pues, cargas livianas que permitan hacer virajes rápidos. La tradición trae aparejados una serie de costos que ya no tiene sentido pagar. La época nos exime de certezas y habilita una religancia más laxa y liberada de dogmas, más cerca de lo afectivo que del “deber ser”; hoy es posible liberar la carga civilizatoria y ser de otra manera, deponer antagonismos y dicotomías que atrasan para vivir una historia más amigable, más próxima a la acción que al intelecto, sin que esto signifique la resignación del pensamiento reflexivo, apenas una reformulación de su condición de Uno para abrirse a una diversidad más holística y por lo tanto menos sectaria. Teniendo en cuenta de donde venimos –no hace falta abundar en las prácticas ni en las consecuencias que implicó la pretensión de dominio hegemónico–, y frente a la oportunidad histórica que hoy se presenta, con un mundo comunicado en clave global, ¿cuánto puede tardar en que este nuevo modus operandi prenda y extienda su virus como una pandemia incontrolable?, ¿cuánto puede tardar, por lo tanto, que se genere una nueva organización social, un nuevo “sistema”[1]? No estamos hablando de lo inmediato, tampoco de que esto vaya a ocurrir sin ciertos trastornos, porque nadie ignora que la inercia de un mundo organizado moral y económicamente en torno al capital y la idea central de Dios, no han sido erradicados ni mucho menos. Sin embargo hay muchos indicios de un terreno fértil para que algo diferente pueda ocurrir. De los 1200 millones de musulmanes que hay en el mundo, por poner uno de los ejemplos más preocupantes para la medrosa población occidental, no todos le apuntan con un avión a los rascacielos del mundo, lo demuestra el hecho de que aún no seamos dominados por los musulmanes, pues está claro que siendo una quinta parte de la población mundial y con el poderío económico y armamentístico que poseen, es poco menos que una decisión. Yendo a la otra mitad del globo, ¿cuántos de los millones que viven bajo la égida del universalismo occidental son los que sostienen una lógica económica cuyas consecuencias sociales han sido y son ostensiblemente devastadoras? Y no hablamos de la posibilidad de una revolución ni de que el poder de las grandes corporaciones que marcan el pulso mundial se hayan debilitado, hablamos de un ciclo, de una cosmovisión agotada, que no tiene mucho margen para seguir imponiendo su régimen, su raíz, su tradición. Las nuevas generaciones tienden a producir bienes comunes, y el campo de acción donde despliegan su producción es el mundo. Las consideraciones con que, por ejemplo, se piensa la accesibilidad como un estadio superior de la innovación tecnológica que tiene en cuenta la experiencia de los usuarios reales, es un dato de la realidad. Tanto como lo es la gestión asistida para el desarrollo cooperativo. Son cartas de intención para el mundo que viene. Estos modelos de negocio, pero también de funcionamiento, tienen claras connotaciones sociales y por lo tanto políticas. Y no nos equivocamos si decimos que es una tendencia marcada de las instituciones y de los profesionales contemporáneos. Las consideraciones de “el otro” en tanto sujeto o comunidad poseedora de derechos son variables cada vez más presentes en cualquier diseño institucional, empresario o político. El modo en que se tiene en cuenta, por ejemplo, la diversidad y la habitabilidad, en función de una convivencia cultural enfocada en las personas antes que en lo económico y en el desarrollo, es hasta conmovedor. Un ejemplo de esto que estamos diciendo podrían ser los objetivos de desarrollo del milenio con que la ONU insta a los países del mundo a pensar en el futuro común. Otro ejemplo es la tarea que lleva adelante mundialmente la National Instruments a través de su Programa de Apoyo a PYMES, otorgando herramientas y capacitación para que ingenieros de México, La India, Brasil, entre otros países, puedan crear productos y empresas que contribuyan a solucionar problemas locales. Por supuesto que es una iniciativa que no está exenta de ciertos vicios de la modernidad tardía como el hecho de considerar que estos países son “países en vía de desarrollo”; tampoco podemos dejar de ver esto como una decisión que no es sólo filantrópica, además de la pretensión de apoyar, está claro, la National Instruments tiene la firme intención de que terminen utilizando sus “herramientas y tecnologías”, pero agregan: “para el bien de su comunidad”. Eso no invalida la iniciativa, las variables que intervienen en el Programa, dan cuenta de un otro que no pasa desapercibido, de un mundo que no sólo incluye la propia empresa y sus necesidades de crecimiento económico. Podríamos seguir mencionando las obras que se realizan en el mundo a partir del surgimiento de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE), poniendo en práctica un sentido común que durante mucho tiempo brilló por su ausencia. En la actualidad es común que los CEOs (Chief Executive Officer) del ámbito empresario privado incorporen a la RSE como una herramienta destinada a “devolver” a la comunidad lo que de ésta provino. El entorno de una empresa es la que provee mano de obra, territorio, contención social o sencillamente la consumición de sus productos, la RSE es una suerte de contraprestación con que las empresas realizan una contribución activa y voluntaria al mejoramiento social, económico y ambiental, aportando dinero, tiempo, productos, servicios, influencias, administración del conocimiento y otros recursos. Si bien la RSE es un movimiento que tiene muchos años, algunos ubican su origen en la década del treinta y otros en los setenta, cierto es que fue a fines de los años noventa –década neoliberal por antonomasia, en la que su expresión más acabada fueron los yuppies– cuando cobró fuerza real, por lo cual es lícito que nos preguntemos por qué es en ese momento histórico que el empresariado decidió reconocer el entorno social que favorece el crecimiento de sus corporaciones, del mismo modo que es menester tener en cuenta que la gran mayoría de quienes deciden ponerla en práctica son jóvenes de la llamada “generación Y”, o sea, el segmento etario que nació entre 1970 y 1990 (algunos autores la ubican entre 1982 y 1992), un período en el que, como sabemos, se produjeron importantes cambios económicos, políticos, tecnológicos y mediáticos, posibilitando un vínculo con el mundo completamente diferente al que habían tenido sus antecesores. Tal vez no sea un dato menor que ese período sea el mismo en el que nacieron los hijos de la generación del sesenta. ¿Qué implicó ser un hijo de quienes formaron parte de la última generación “revolucionaria”? Es algo que podemos preguntarnos pues el resultado es un dato empírico, un campo de análisis posible. La generación del sesenta fue la última generación que tuvo una expresión política planetaria, desde Francia, Méjico, Chile y Estados Unidos hasta Checoslovaquia, Cuba, Portugal, Uruguay y la Argentina. El Mayo del ’68, el Che Guevara, el Movimiento hippie y la Primavera de Praga, son algunas de sus expresiones más salientes, con un peso simbólico que aún hoy perdura. Si esa generación –como suele decirse– fue el emergente social de quienes habían participado en la Segunda Guerra Mundial, reivindicando la paz, la libertad, y cierto ideario utópico, ¿cuál es el rasgo social que ellos estimularon en sus hijos?, ¿qué banderas levantan los hijos de quienes vieron frustrados sus aspiraciones políticas y sociales a manos de las dictaduras, el mercado y la guerra fría?, ¿en qué expresiones sociales sedimentaron aquellos ideales bullangueros que movilizaron al mundo entero e hicieron de la paz y el rock and roll dos banderas políticas? Hoy, los hijos de los hippies y los revolucionarios de entonces son los que comienzan a asumir el protagonismo de un mundo globalizado y los que intentan definir un modelo de conducción acorde a los tiempos que corren. ¿Cuáles son esos modos? ¿La RSE no es un emergente de ciertos criterios sociales que el empresariado decidió incorporar?
[1] Digo “sistema” porque al momento carecemos de un término que designe una nueva modalidad organizacional
Fernando Peirone