Los líderes del G8 rciben a los líderes de internet
El 26 de mayo pasado, en el pituco balneario francés de Deauville, se inició la cumbre del G8, conformada por los ocho líderes de los países más industrailizados del mundo: Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Alemania, Francia, Italia, Canadá y Rusia) a los que se suman Brasil, China, India, Corea del Sur y Suecia. Sólo hubo cuatro personas invitadas, esto es, con posibilidades de hablar frente a los presidentes: los líderes de Túnez y Egipto, para hablar de la primavera árabe, más Mark Zuckerberg de Facebook, y Eric Schmidt de Google (entendemos que también fueron invitados Jeff Besos, artífice de Amazon, el creador de Wikipedia, Jimmy Wales. También destacan los nombres de españoles como Julio Alonso, fundador y director de Weblogs SL, Juan Luis Cebrián, Fundador del diario El País y consejero delegado del Grupo PRISA, y Martín Varsavsky, fundador de Viatel, Ya.com, Jazztel y Fon. Pero ninguno de ellos con la posibilidad de dirigirse a los líderes como lo hizo Zuckerberg, suponemos con un discurso medianamente consensuado). Esta invitación desmuestra el poder adquirido por las redes sociales e internet (demostrado en las revueltas del mundo árabe y recientemente en España con 15-M), tanto como para invitarlos a conversar en la cumbre.
Se sabe que “la Red de redes se han convertido en un espacio público de primer orden y un creciente motor de la economía mundial del siglo XXI” a partir de lo cual el G8 quiso conversar con sus principales dirigentes para estudiar el modo de controlarla. La propiedad intelectual, la persecución de actividades delictivas como la pederastia y la fiscalidad digital, son la excusa, pero lo que en verdad está en discusión es la necesidad que tienen los gobiernos líderes para “poner controles que limiten la libertad”. Mark Zuckerberg, de quien se podría pensar que por su poder tiene un pie en cada lado de la línea, dijo que “la tecnología se moverá mas rápido que los gobiernos” y advirtió sobre los riesgos de querer controlar la red de redes, manifestando su disconformidad sobre la forma en que los gobiernos pretenden manejar la internet en cada país. Esta noticia, a pesar de la trascendencia que tiene, no fue demasiado difundida, o fue mal difundida, como el diario El mundo, que dijo que Facebook y Google habían ido a rendir cuentas
Compartimos con la noticia tal cual la presentó la cadena BBC.
F.P.
Arbitro!… Cambio.
Somos protagonistas de un recambio generacional. Con una diferencia respecto de otras tantas: quienes llegan no se acoplan a la vida social con la rebeldía que desde siempre manifestaron los jóvenes respecto de los viejos, dando lugar a muchas de las revoluciones políticas, culturales y estéticas que conocemos. Los nativos digitales (tal el nombre de los jóvenes que comienzan a pedir pista), no critican, no se desobedecen, avanzan con otros criterios. Para ellos, la era digital es el entorno en el que han crecido, no tienen ninguna anomalía, por lo tanto están por encima de las controversias en las que abundan los que tienen más de treinta años, que son quienes hoy gobiernan el mundo. Los nativos digitales se mueven con solvencia donde los mayores se sienten impotentes. Su saber práctico los posiciona en el mundo con una fortaleza y una sensación de independencia completamente inusual. Sienten que en muchos sentidos están por encima de sus mayores; y de hecho, sobran los casos en que han alfabetizado tecnológicamente a sus padres y docentes, con todo lo que eso implica, porque convengamos que es una sensación fuerte: no hay muchos antecedentes en la historia donde el alumno pase a enseñarle al maestro en forma tan prematura. Sin embargo no dejan de ser adolescentes. ¿Cómo sobrellevan esa sensación de potencia que significa saber más que el maestro o el padre? Está claro que no saben más, pero la realidad en la que nos movemos a diarios, les resulta mucho más amigable y empática a ellos que a sus mayores, la sensación por lo tanto no es antojada. ¿Podrán evitar la tentación de la soberbia, que es un impulso etáreo propio de la etapa adolescente? Mientras tanto, comienzan a ser la punta de lanza de una nueva realidad que ya está entre nosotros. Veamos algunos ejemplos:
- Shawn Fanning, en 1999, con apenas 19 años, creó Napster, un programa para compartir archivos que de allí en más haría temblar a la industria discográfica.
- Mark Zuckerberg creó Facebook en 2004, cuando también tenía 19 años; hoy, con 23, su creación se transformó en una de las redes sociales más importantes del mundo con más de 250 millones de usuarios; de ser un país, sería el quinto del mundo. Pregunta: ¿en la práctica no es un estado pannacional, con su comercio, su legislación y su propio contrato social de convivencia?, ¿no sería posible hacer una traducción política de ese país de usuarios?, ¿qué modelo social y político propone?
- Larry Page y Sergey Brin, crearon Google en 1996, cuando tenían 23 años, hoy es la marca más valiosa del mundo, con un valor estimado 66.000 millones de dólares, superando a empresas emblemáticas como Microsoft, General Electric y Coca-Cola.
Esta tensión generacional -que no sólo se puede ver en el mundo anglosajón, Taringa, es un ejemplo propio, entre otros- no tiene antecedentes, no se trata de un proceso de superación dialéctica. Somos testigos de un agotamiento y un colapso de alcance planetario, frente al cual no alcanza con desconectar el módem o resistirse a usar celular. Para ser más claros: habitamos un tiempo en el que se están definiendo futuras cosmovisiones, la matriz conceptual y social sobre la que se organizarán la mayoría de las prácticas sociales futuras. Por supuesto, no faltan los que se resisten a los cambios. Algunos, con rigor decimonónico, condenan a los jóvenes como el producto de una tecnocracia que abolió el humanismo. Pero los tiempos que corren demandan una mirada menos rígida. Hace falta superar el diagnóstico y las condenas a la modernidad que terminan inexorablemente en el pesimismo. Ya no basta con decir que el amor y la modernidad se han vuelto líquidos o con estar predispuestos para la irrupción del acontecimiento que eventualmente reformule las condiciones políticas. Tal vez, lo que hace falta, es asumir que se está pensando de otro modo.
Fernando Peirone