La caída de Mubarak y la alegría de occidente. ¿Las democracias occidentales pueden pensar que lo que le ocurrió a Egipto no les puede pasar?
Hosni Mubarak se fue en el helicóptero. A pesar de la superioridad militar y policial, Mubarak no pudo desgastar ni contrarrestar el poder de millones de personas pidiendo su renuncia en las calles de Egipto, tampoco sirvieron los apagones tecnológicos para someter una comunicación que todo el tiempo se le iba de madre, y después de 17 días de conflicto renunció dejándole el “gobierno” a Alto Consejo de las Fuerzas Armadas egipcias. En la región proliferan las manifestaciones callejeras pidiendo la misma suerte que corrieron Ben Ali en Túnez y Hosni Mubaraken Egipto para los dictadores que conducen los regímenes autocráticos, lo cual ha obligado a los diferentes gobiernos, más allá de su figura institucional, a revisar seriamente sus estrategias de gobierno. Yemen, Argelia, Siria, Mauritania, Jordania, Libia, Palestina y Arabia Saudita, por nombrar sólo algunos, están en esa situación.
Occidente
Occidente festeja, pero no se da cuenta de lo que está en juego. No se da cuenta de que lo que está en juego es la raíz misma de la cultura secular, incluso más esencialmente de lo que en su momento lo estuvieron las teocracias medievales. Por eso Europa se equivoca cuando ve en los conflictos de Medio Oriente sólo una consecuencia de los regímenes autocráticos y no un espejo en el que podría ver un reflejo de su propia suerte. Así como las universidades no deberían dejar de ver en la crisis de los diarios los efectos –en todo caso veloces– de una impronta cultural que terminará por relevarla de su sitial, del mismo modo las democracias occidentales no deberían suponer que están a salvo de la hecatombe porque son regímenes “republicanos y representativos”, porque no es un sistema de gobierno lo que está en juego sino un cambio –esta vez sí– radical. ¿O no es, acaso, el helicóptero de Mubarak, un dictador árabe, parangonable a los resultados que cosechó el liberalismo en Argentina con el gobierno de De la Rúa?
F.P.
Preguntas en torno a Egipto y nuestra época
Supongamos que Mubarak, a diferencia de su colega, el dictador tunecino, logra sofocar las protestas aceptando la abolición del estado de emergencia que rige desde 1981 y algunas de las demandas más importantes, o supongamos que negocia una transición más o menos airosa como tal cual se lo recomienda el humanitario EEUU. Pero aún cuando los ciudadanos egipcios no logren una restitución del estado de derecho que reclaman; aún cuando los países árabes, tanto como el gobierno chino, sigan siendo fuertes y poderosos; aún cuando los estados puedan apelar a sus fuerzas represivas si los controles comunicacionales -apagones tecnológicos o great firewall- no alcanzan para sobrellevar los levantamientos; aún con todo eso: ¿se puede decir que este escenario es el mismo que el que se vivió, por ejemplo, en la Plaza de Tianamen algo más de veinte años atrás? ¿No hay una variación en la relación de fuerzas que habilita a pensar la proyección de un escenario diferente? ¿Estas y otras manifestaciones que convocan con “una piedra en una mano y un celular en la otra” no plantaron la semilla de una sociedad que lleva inscripta en su germen la mala suerte de estos regímenes? ¿Puede Occidente pensar que se encuentra al margen de este aluvión sociotecnológico? ¿No se puede vislumbrar en la utilización masiva, creativa y desmadrada de los recursos tecnológicos, tanto en la revuelta de los países árabes como en China, los indicios de una nueva práctica política? Más aún: ¿de una nueva cultura?
F.P.