Política radicante

Hace unos días Adriana Hidalgo Editora publicó en Argentina, Radicante, del crítico de arte francés Nicolas Bourriaud. Es un ensayo que resulta muy empático, en su espíritu y en su mirada, con otro libro que también comentamos en Jengibre, nos referimos a Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, de Alessandro Baricco. Justamente por eso, tal vez lean en este blog futuras referencias a ese libro. En este caso vamos a rescatar algunos conceptos que, si bien están abordados en función de un análisis de las marcas que la globalización deja en la estética, nos resultan interesantes y oportunos para aplicar a nuestras inquietudes:

Uno

Bourriaud describe al modernismo como una suerte de lógica conceptual que buscó y elogió, de principio a fin, la raíz. Fue la época que se distinguió por su carácter radical. “Los manifiestos artísticos (o políticos) llamaron a lo largo del siglo XX, a volver al origen del arte o de la sociedad, a su depuración para hallar de nuevo su esencia”. No tenemos más que recordar a Bajtín y Nietzsche, entre otros muchos que encontraban en lo arcaico una unidad, que al perderla, no sólo nos desgarramos en individuos sino que nos ‘ganamos’ una conciencia y una angustia que ya no podríamos mitigar. “Los creadores contemporáneos, –en cambio, dice Bourriaud– plantean las bases de un arte radicante –término con que se designa a los organismos cuyas raíces crecen a medida que avanzan”. Llegado a este punto Bourriaud hace una pregunta muy interesante: “¿Y si la cultura del siglo XXI se inventara con esas obras cuyo proyecto es borrar su origen para favorecer una multiplicidad de arraigos simultáneos o sucesivos?” La cultura artística que Bourriaud describe coincide con esa expresión del arte actual que dejó de poner el acento en el objeto y lo trasladó al acontecimiento, como los caso de Julian Beever y Christo Javacheff, por nombrar sólo un par. Pero no podemos dejar de relacionarlo con el modo en que Baricco describe el pensamiento en la generación Google, para quienes preguntar “¿qué es esto?”, significa preguntarse qué camino ha recorrido fuera de sí mismo, en relación a los demás. El valor de una idea, dice Baricco, ya no está determinado por sus características intrínsecas, sino por una composición de materiales distintos, muchos de ellos exógenos; como si la mente hubiese abandonado la lógica racional para volverse sistémica y relativa a la trayectoria y a la secuencia de relaciones posibles en una suerte de presente permanente, sin pasado ni futuro; como si el sentido, que durante siglos estuvo ligado a la idea de concepto y a un ideal de permanencia, sólida y completa, se disolviera en movimiento permanente. “La idea de que entender y saber significa penetrar a fondo en algo hasta alcanzar su esencia, es una idea –dice Baricco– que está muriendo: la sustituye la instintiva convicción de que la esencia de las cosas no es un punto, sino una trayectoria, de que no está escondida en el fondo, sino dispersa en la superficie, de que no reside en las cosas, sino que se disuelve por fuera de ellas, donde realmente comienzan, es decir, por todas partes.” La coincidencia de Bourriaud, en este punto es total, de lo que deducimos que Baricco, posiblemente haya sido un inspirador de su pensamiento; vean: “Lo radicante toma la forma de una trayectoria, de un recorrido, de una marcha efectuada por un sujeto singular”. Ambos, a la vez, seguramente tienen en Deleuze y su idea del “rizoma” un inspirador común.

Dos
Bourriaud dice que el multiculturalismo posmoderno fracasó. En su intento de crear una alternativa al universalismo modernista volvió a crear, allí donde se aplicó, anclajes culturales o arraigos étnicos que funcionan –al igual que en el pensamiento clásico occidental– desde las pertenencias, esto es: su “condición”, el “estatuto” o “el origen” de su autor, en el caso del arte. “La separaciones identitarias en que se basa la ética posmoderna fundan una discriminación que preserva la dominación de la cultura occidental, tanto más sutil cuanto se ejerce bajo la máscara generosa de una ideología del ‘reconocimiento del otro’.” A partir de lo cual el mundo está lleno de bien intencionados que, en su afán de inclusión, no dejan de hacer cagadas. “Asistimos pues a la emergencia de una especie de cortesía estética posmoderna, una actitud que consiste en negarse a emitir cualquier juicio crítico, por miedo a herir la susceptibilidad del Otro”. De este modo cada uno sigue siendo localizado y atado a su lugar de enunciación: sus raíces locales. Ese mecanismo –dice Bourriaud– “esconde un colonialismo al revés, tan cortés y aparentemente condescendiente cuanto violento y negador fue el precedente” La dimensión política del posmodernismo, entonces, es tan esencialista (radical) como lo fue la modernidad, opera con la misma lógica política porque su matriz sigue siendo la misma. En palabras de Bourriaud, “la esfera política sigue funcionando según las categorías esencialistas” y la esencia, como se sabe y dice el diccionario “es lo que hace que una cosa sea lo que es”. Entonces, si “el esencialismo remite a lo que es estable e inmutable en un sistema o en un concepto, haciendo que el origen prevalezca sobre cualquier otro destino”, estamos atrapados en una lógica política perversa, que socava los cimientos de algo (el ideario moderno) sin reemplazarlo, más aún: lo continúa sólo que de otro modo. Esto no es, sin embargo, lo que venimos observando en el accionar de la llamada generación Google. La generación de nativos, cuya primera camada ya está cerca de los veinte años, no se maneja con esa lógica, porque –como dice Baricco–, piensan de otra manera. La matriz con que se construyó la subjetividad de los nativos digitales es otra. La mente de las nuevas generaciones ha abandonado la lógica racional pura, avanzan jugando, un error no acarrea una frustración, es “cargar una nueva vida” y buscar un camino alternativo. Acá, entonces, nosotros hacemos una o dos preguntas que por remanidas no dejan de ser apropiadas: ¿cuál es la dimensión política de este accionar que comienza desplegarse en lo social?, ¿cuál es el formato político que mejor se adapta a esta nueva subjetividad?, ¿y cómo lo conciben?

Fernando Peirone

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